jueves, 28 de diciembre de 2006

Triskel, (relato erótico)



En el maletero del coche llevaba un gran ramo de rosas rojas con tallos extremadamente largos, no se las entregó hasta que llegaron a su refugio particular. Los ojos de la chica evidenciaban una satisfacción considerable al recibir tan delicado presente.

Era la primera vez que se veían personalmente aunque daba la impresión que eran viejos amigos, sin embargo en su interior si que palpitaba la incertidumbre ante lo desconocido del encuentro. Ella se había entregado a él, anhelaba ser suya y que la aceptase como tal en un juego que los colmaba de satisfacciones, pero la hora de la verdad había llegado, ahora se iniciaba la verdadera puesta en escena, el telón estaba a punto de subir y los actores estaban preparados para iniciar la función.

Las gruesas paredes de piedra daba un aspecto de sobriedad a la casa, el resplandor del fuego en la chimenea, el crepitar de la leña ardiendo, el olor de la cera derretida lo envolvía todo en un halo de misterio.

Mientras la desnudaba no dejó un ápice de piel sin besar, lamer, chupar o morder, la tumbó en la cama y le cerró los ojos, ella sintió algo frío que le colocó sobre su vientre, hizo el ademán de abrir los ojos para ver de que se trataba, pero él se los volvió a cerrar con parsimonia.

Con las tijeras comenzó a recortar el vello púbico, mientras lo recortaba le pasaba continuamente las tijeras por los labios vaginales, lo que la hacía estremecer. Posteriormente enjabonó el vello restante y con la cuchilla lo rasuró hasta dejar la forma que había ideado, le apartó la espuma sobrante con una toallita húmeda y le acercó su boca.

La levantó de la cama y le vendó los ojos con un pañuelo de seda rojo y la mantuvo desnuda y de pie, ella intentaba intensificar el sentido del oído para poder interpretar que podía estar preparando, sólo pudo captar la música relajante que parecía emerger del fondo del mar. Le colocó en la boca una mordaza sujetada al cuello y la obligó a inclinarse elevando las nalgas.

Sintió un inesperado azote con un objeto flexible y fino, no podía tratarse de una fusta, era mucho más flexible, quizás una vara. Imperceptibles gemidos brotaban de su garganta y aunque los azotes eran extraordinariamente livianos, dibujaban un trazo rojizo en la delicada piel clara de la chica.

El olor a rosas inundaba la cama, cuando volvió a tumbarla notó otra textura distinta a las sabanas, la sensación que le producía era que estaba sobre algo sedoso y fresco. Sin poder llegar a tocar el lecho, se sintió esposada de pies y manos, cada muñeca se encontraba esposada al tobillo de su correspondiente pierna lo que le obligaba a contonear el cuerpo ofreciendo todo su sexo y su ano.

El aprisionamiento de los pezones con unas pinzas le hizo morder con fuerza la mordaza, pero esa primera sensación de dolor, fue menguando conforme más se excitaba con los lametazos que le daba en el clítoris. La lengua penetrante ahondaba cualquier resquicio de su vulva y se deslizaba al ano. Jadeos y espasmos se encadenaban mientras comenzaba a resentirse de los abductores, pero el placer mitigaba cualquier dolor. Cada vez que le mordía el clítoris y se lo acariciaba con la punta de la lengua, un escalofrío le recorría toda la columna.

Se retorcía de placer, los jadeos eran frenéticos, enmudecidos por la mordaza, se acercó a su rostro y le dijo que le quitaría la mordaza pero debería de reprimirse y dejar de jadear, entonces sintió como una espada carnosa la atravesaba pausadamente lo que le provocó que lanzase un grito de aprobación por el gozo que estaba sintiendo, pero inmediatamente fue recriminada por él, debía de contenerse salvo que le ordenase lo contrario. Se retorcía para evitar de esa forma hacer ostentosos los jadeos, aunque la empresa resultaba laboriosa ya que el placer y el gozo aumentaban progresivamente encontrándose a las puertas del orgasmo.

Se mordía los labios, las muecas que hacía con la boca denotaban un esfuerzo supremo, hasta que escuchó como le dijo al oído que quedaba liberada, un grito inundó la estancia.

La liberó de las ataduras y de la venda en los ojos, el lecho sobre el que yacía estaba conformado con los pétalos de varias rosas rojas del ramo que le había regalado, le mostró también la vara con la que la azotó livianamente, no era más que el tallo de una rosa.

Quiso agasajarla con otro obsequio, pero este sería más personal y perenne, accedió sin saber de qué se trataba hasta que entraron en un estudio de tattoo y a un palmo del sexo le tatuaron un objeto.

Una vez finalizado le preguntó por su significado, le comentó que se trataba de un triskel que representa el símbolo de BDSM, la rosa significaba la dualidad existente entre algo bello y delicado, pero que a pesar de ello puede causar dolor, las cuatro estrellas simbolizaban los cuatro vértices de su inicial, así cuando lo abandonase, no habría nada que la uniera a él.

Le prometió que nunca se separaría de él, pero no pudo terminar la frase ya que sus labios fueron sellados por los labios de él con un apasionado beso.

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