
Me encontraba en mi palacio de coral, en la oscuridad nocturna de mi cueva, de mi alcoba, con los silencios se aliados con la lobreguez de la noche, la encontré allí. Mis ojos dibujaron su contorno entre las penumbras, su larga cabellera resplandeciente, del color del magma incandescente que se desprende por los acantilados hasta solidificarse aquí en el mar, tenues reflejos de las escamas de su amplia cola de colores abarcando desde el verde intenso al azul celeste.
Un halo de misterio hizo que me aproximara a ella en las sombras, pero ¿Cómo podía estar allí, por qué parecía mirarme sin querer verme?, a pesar del allanamiento de mi morada se mostraba distante, ¿por qué invadió mi palacio, mi intimidad, quién era esa sirena?
Me situé tras ella, acaricié su melena, deslicé mis dedos sobre sus hombros, sobre su espalda, agarré sus firmes senos, pero no sentí ni un solo gesto de aprobación ni satisfacción, no me reprochaba tampoco nada. Aún así me sentía atraído por ella, un magnetismo inexplicable me arrastraba hacia un ser desconocido que instaba a que lo abrazara. A pesar de la negrura la veía con los ojos del alma, la besaba, pero mis calidos besos recibían como respuesta gélidas expresiones, mis caricias, no conocían de sus caricias.
La oscuridad me impedía contemplar más de ella, sólo meros destellos de su pelo y de su cola. Si osó adentrarse en mis dominios debía de ser porque quizás se trataba de alguna sirena a la que estuve unido, Talía, Loreley, Glauka, Parténope, …¿quién puede ser?, todas ellas con sus despedidas se llevaron los recuerdos, sus rostros, sus colores y hasta sus sabores, por lo que la poseedora de ese cuerpo frío pero suave, la propietaria de los cabellos color del fuego y de una extensa cola, no me recordaba a ninguna de ellas.
Tímidos rayos de sol se desperdigaban por la cueva, la luz se imponía a la oscuridad con dificultad, entonces alcancé a verla entre claros oscuros, se giró, pero, pero…, aquella sirena de radiantes cabellos de inmejorable cuerpo y de agraciada cola, me miró sin mirarme, la sangre se me heló en las venas, el corazón se desbocó de la impresión, aquella sirena me miraba pero no tenía rostro.
Se inundó de claridad la alcoba, desperté sobresaltado, miré alterado en todas direcciones, me encontraba sólo, sin embargo la sirena sin rostro era tan real, tan tenebrosa, ¿pero quién era esa sirena carente de rostro que forzaba mis sueños, que acudía a la cita imperecederamente cada noche y a la que utópicamente pretendía poner un rostro rescatado del olvido?.
Continuó vagando por mis dominios con su pasividad característica y mirada indolente, aprendí a desdeñar su presencia confiado que desaparecería tal como apareció, inesperadamente…
Un halo de misterio hizo que me aproximara a ella en las sombras, pero ¿Cómo podía estar allí, por qué parecía mirarme sin querer verme?, a pesar del allanamiento de mi morada se mostraba distante, ¿por qué invadió mi palacio, mi intimidad, quién era esa sirena?
Me situé tras ella, acaricié su melena, deslicé mis dedos sobre sus hombros, sobre su espalda, agarré sus firmes senos, pero no sentí ni un solo gesto de aprobación ni satisfacción, no me reprochaba tampoco nada. Aún así me sentía atraído por ella, un magnetismo inexplicable me arrastraba hacia un ser desconocido que instaba a que lo abrazara. A pesar de la negrura la veía con los ojos del alma, la besaba, pero mis calidos besos recibían como respuesta gélidas expresiones, mis caricias, no conocían de sus caricias.
La oscuridad me impedía contemplar más de ella, sólo meros destellos de su pelo y de su cola. Si osó adentrarse en mis dominios debía de ser porque quizás se trataba de alguna sirena a la que estuve unido, Talía, Loreley, Glauka, Parténope, …¿quién puede ser?, todas ellas con sus despedidas se llevaron los recuerdos, sus rostros, sus colores y hasta sus sabores, por lo que la poseedora de ese cuerpo frío pero suave, la propietaria de los cabellos color del fuego y de una extensa cola, no me recordaba a ninguna de ellas.
Tímidos rayos de sol se desperdigaban por la cueva, la luz se imponía a la oscuridad con dificultad, entonces alcancé a verla entre claros oscuros, se giró, pero, pero…, aquella sirena de radiantes cabellos de inmejorable cuerpo y de agraciada cola, me miró sin mirarme, la sangre se me heló en las venas, el corazón se desbocó de la impresión, aquella sirena me miraba pero no tenía rostro.
Se inundó de claridad la alcoba, desperté sobresaltado, miré alterado en todas direcciones, me encontraba sólo, sin embargo la sirena sin rostro era tan real, tan tenebrosa, ¿pero quién era esa sirena carente de rostro que forzaba mis sueños, que acudía a la cita imperecederamente cada noche y a la que utópicamente pretendía poner un rostro rescatado del olvido?.
Continuó vagando por mis dominios con su pasividad característica y mirada indolente, aprendí a desdeñar su presencia confiado que desaparecería tal como apareció, inesperadamente…
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