miércoles, 6 de diciembre de 2006

Desde la oscuridad de la noche



El cielo parecía un manto de terciopelo negro moteado por infinidad de perlas luminosas, que se encadenaban unas tras otras formando las más variadas figuras. Una luna resplandeciente con un enorme halo difuso que iluminaba la noche, otra noche mágica más anunciando la llegada del solsticio de verano, una fiesta que perdura desde la antigüedad, donde se desecha la oscuridad sombría del invierno, la frialdad y los malos augurios, dando comienzo a una época de luz, calidez y buenos propósitos.

Como cada año, esa noche congregó a multitud de gente en las playas, las hogueras se multiplicaban por doquier, eran la máxima expresión de cada grupo, que se arremolinaban en torno a ellas para beber, comer, disfrutar. Hay quien demuestra su virilidad saltando entre las llamas, aunque cada vez se demuestra menos hombría con ello ya que son muchas las chicas que se van animando y comparte esa peculiar danza.

La tradición dice que esa noche hay que mojarse al menos los pies con el agua del mar, por lo que lo frecuente es ver a la concurrencia bañarse a la luz de la luna, bajo un cielo oscuro pero a su vez lleno de minúsculos puntos luminosos, y la magia de transforma en pasión y la pasión en lujuria.

En una apartada calita de abrupto acceso, era aprovechada por las parejas para saciar su voracidad, aplacar el ansia y el fuego que arde en su interior, solos junto a la hoguera que los alumbraba y que creaba unas sombras tan apasionadas, tan voraces como ellos, solos en la calita, apartados de ojos fisgones, en el anonimato de la noche se entregan desaforadamente a un placer sin límite.

Pero unos ojos penetrantes como dardos, de un color verde intenso los observaba con descaro, una larga y ondulada melena del color del ámbar cubría parte de su espalda y ocultaba unos redondeados pechos, un cuerpo melosamente bronceado del que carecía de piernas, poseía una extensa cola de pez con escamas que iban del color azul cielo al verde mar. Si, era una sirena quien los observaba, una joven sirena que por primera vez se acercó a la orilla. Desde la oscuridad del mar y escondida tras una roca de las que constituía el roqueo próximo al rebalaje y que había vuelto a emerger de las aguas con la bajamar, quedaba atónita ante lo que vislumbraba su mirada. Como cada año, esa noche Talía, la sirena verde, Glauca, la sirena azul, Dinamanea, la sirena del vaivén de las olas, Cimodaré, la sirena de la mar en calma, y otras muchas nereidas se acercaban a lo largo de la costa a observar cuanto acontecía fuera de su líquido elemento, con el mimetismo de la noche se aproximaban a la orilla quedando fascinadas con el culto al mar que una noche al año se realizaba y con la forma de disfrutar de los terrestres.

El sonido del mar, del flujo de las débiles olas tranquilas que parecían querer alcanzar a la pareja para apagar su furor, el crepitar de la leña ardiendo, jadeos y gemidos constituían una melodía armoniosa de sensualidad. Besos, caricias, la sirena no comprendía el significado, suspiraban, jadeaban igual que ella cuando realizaba un gran esfuerzo persiguiendo delfines, en otras ocasiones los escuchaba gritar, pero no percibía que fuesen gritos de dolor, observaba como entrelazaban los cuerpos desnudos con armonía, como el ser similar a ella atenazaba al que tenía encima con las piernas, reteniéndolo, no dejándolo escapar, y éste parecía querer adentrarse en el otro con vaivenes como los de las olas de un mar embravecido, una danza acompasada y que incrementaba la velocidad progresivamente.

Le desconcentró el advertir que a medida que se incrementaba el balanceo los gritos eran más iracundos, veía incrédula como se lastimaban con arañazos, tirones de pelo, mordiscos, pero la mayor sorpresa fue comprobar como sus pezones se endurecían, como se volvían erectos como el pico de una caracola.

Un grito desgarrador la asustó, un grito ahogado, los cuerpos tensionados, ¿Qué es lo que ocurre ahora, han muerto?, los dos seres se tumbaron uno junto al otro mirando al cielo estrellado, el que parecía que castigaba constantemente con sacudidas impetuosas, mostraba un apéndice parecido a la trompa del hipocampo con restos de espuma de mar en la punta, mientras que el otro ser, el que se parecía a ella en la delicadez de la piel, en su pelo largo y que contaba igualmente con dos senos con sus aureolas y pezones, en lugar de trompa, tenía un ahondamiento, una forma similar a un mejillón y pelo de distinto color del que le cubría la cabeza.

Lentamente comenzó a despuntar el alba, tenues rayos de sol desplazaban la negrura de la noche, sobre la playa tan sólo rescoldos de las que horas antes fueron cientos de hogueras, el roqueo se volvió invisible bajo el mar y las sirenas se retiraron, no volverán hasta una nueva noche mágica, pero seguirán ahí vigilantes aunque no las podamos observar.


No hay comentarios: