
Amaneció el día encapotado, el cielo amenazaba agua, intensos y negros nubarrones lo fueron cubriendo, una calma tensa presagiaba el malestar por una lluvia fría y penetrante.
Los presagios se cumplieron y comenzó a llover, cada vez más oscuridad, cada vez más agua, cada vez más lluvia salvaje, cada vez más viento. Situación idílica para soñar, para fantasea, eso sí, siempre que se tenga en quién soñar y con quién fantasear, de no sea así la melancolía puede hacer mella, la oscuridad se adentra hasta el alma, ¿y mañana qué, como amanecerá, persistirá la negrura amenazante, más decaimiento, mayor melancolía…?.
Al despertar no escuchaba el ímpetu del viento bambolear las ramas de los árboles, unos tímidos rayos del sol se filtraban por la ventana de mi dormitorio, me asomé y una brisa fresca y limpia me ensanchó el corazón, el cielo estaba despejado, un sol reluciente y caluroso lo cubría todo, sonrisas, alegrías, aires renovados y purificados.
Miro al cielo y observo que algunas nubes lo pretenden encapotar, deben considerar que se trata simplemente de un resplandor fugaz, negándose a comprender que su luminosidad lo abarca todo y no permitirá que la negrura vuelva a cubrirlo todo.
A pesar de la inmediatez de la tormenta y el desasosiego, hoy queda todo olvidado, luce el sol, el viento está calmado, todo tranquilidad e ilusión, ni la peor de las tormentas, huracanes o tsunamis pueden impedir que tras su paso maligno y pernicioso vuelva a salir el sol, que se instaure la calma y se recupere la ilusión.
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