
Sirena fue en otro tiempo, nereida verde del Mediterráneo, pero no una de tantas, no, fue la más bella de las hijas de Nereo, la combinación de su clara piel, con unos ojos verdes intensos, unos labios finos pero a su vez sensuales, deseosos de besar y ser besados, con una melena color ámbar que caía como una cascada por su cuerpo, la hacían especial, un ser sencillamente primoroso.
En uno de sus múltiples paseos por los mares que tanto le apasionaba, conoció a un príncipe marino, todo surgió con un regalo inesperado, nada más verla, el príncipe la plasmó en un dibujo sobre una roca emergida de las aguas, bajo un sol radiante que reflejaba el color de su melena a toda la cola.
A partir de ese momento sus cantos envolventes de sirena, cantos melosos y atrayentes hicieron sucumbir el corazón del príncipe acercándolo hasta ella, la unión fue tal que la quiso a su lado como su princesa y juntos surcaron mares y océanos inéditos para ambos.
Vagaron sin rumbo predestinado, se dejaban llevar por su instinto, por una pasión desmedida que parecía no tener fin, encuentros lujuriosos, sensuales, románticos, él se preguntaba una y otra vez como no había conocido aquella sirena mucho tiempo antes.
Pero la mar de fondo comenzó aparecer, la sirena que acostumbraba a posarse sobre los roqueos próximos a la orilla del mar, observaba a los humanos y un quemazón se inició en su interior, comenzaba a sentirse esclava de su mundo, subyugada a un príncipe y aunque la amaba con locura, la hacía sentirse más cautiva que amante.
Con el transcurrir de los días, esa inquietud fue incrementándose, se deleitaba observando el nuevo mundo y un deseo irrefrenable de abandonar las aguas saladas que la vieron nacer, su hábitat natural y se fue distanciando del príncipe para encomendarse, implorarle a la diosa Afrodita que le permitiese gozar de ese otra orbe.
Sus plegarias fueron atendidas, y aunque continuaba amando al príncipe, mayor era su deseo de libertad, le devolvió el corazón que le había atrapado con sus cantos y una misiva donde le decía adiós.
Al despuntar el alba, la sirena se encontraba tumbada en el rebalaje de la playa, su cuerpo era mecido delicadamente por las olas, despertó, intentaba agitar la cola para impulsarse nuevamente hacia mar abierto, pero reflexionó sobre el tiempo que llevaba fuera del agua, ¿qué le ocurría que no podía batir la cola?, contemplando fascinada que lucía un par de piernas esbeltas. La única reminiscencia de su antigua condición de sirena era el primer regalo del príncipe cuando la hizo suya, se trataba de un pequeño colgante con unas aletas que pendía de su cuello.
Pasaban los días y más feliz se sentía en su nuevo mundo, apenas recordaba el azul del mar, los palacios de coral, las noches bajo la luz de la luna junto al príncipe, todo eso quedó atrás como muy lejano, ahora experimentaba nuevas sensaciones, otras formas de gozar, nuevos sueños y nuevos amores.
A veces y de forma inexplicable para ella, la melancolía la embargaba por completo, el olor a salitre le rememoraba otros tiempos pasados, distantes, bastante remotos, entonces aferraba tenazmente las aletas que colgaban sobre sus senos y se abandonaba en sueños colmándose de ilusiones y alborozo disolviendo así los estados pasajeros de emotividad.
Un día soleado con el mar completamente calmado pareciendo un paño azul verdoso, apareció en la superficie unas palabras escritas con tinta o grasa oscura, estas palabras decían “ADIÓS SIRENA ADIÓS”
¿El príncipe?, a bueno, terminó arrinconado, como un recuerdo en un palacio del arrecife, pero esa es otra historia, una historia que jamás llegará a escribirse.
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