
La soledad a veces temida, otras veces deseada me sirvió para ahondar dentro de mí, dejé de prestarme atención hace demasiado tiempo. Al deambular sin rumbo determinado bajo el manto oscuro de la diosa Nix, me deleité al volver a escucharme interiormente y así pude ponderar distintos aspectos que entroncaba con una actitud asentada en la desidia, una actitud abúlica que atribuí a distintos dioses indolentes, a agoreros y agoreras, inquisidores de mis fantasías y carceleras de mis sueños.
Parecía que me encontraba junto a Tekmor, descendiendo hacia el embarcadero en el río Estigia y me desplazaría hasta Tártaro. Estaba entregándome sin ofrecer resistencia, pensaba que Cáquesis había dictaminado mi destino y me entregaba a Perséfone que me llevaría a su inframundo de oscuridad y sombras para entregarme a Hades.
Apolo relegó a Nix e iluminó nuevamente el cielo, sentí un rayo de luz que me partía el cuerpo, Zeus lanzó uno de sus rayos de fuego que al impactar en mi alma me hizo reaccionar, la voz de mi interior gritó provocando una sacudida en mi cuerpo, sentí las manos de Atenea acariciar mi cabello inundándome de su sabiduría y estrategia.
Ares me donó parte de su fuerza, también algo de su violencia en el combate, Hefesto me cubrió de una coraza infranqueable. Seguía siendo yo, pero se había producido una metamorfosis en mí que parecía no era el mismo, la desidia la combatiría con diligencia, las actitudes abúlicas la derrotaría con dinamismo.
Nunca más me dejaría seducir por cantos malintencionados de sirenas, ni por los encantos arrebatadores de las ninfas. En la época de la fraternidad me habéis rearmado en un espíritu belicoso y arrogante, por eso proclamo que no le pidáis compasión al verdugo, no intentéis arrebatar el agua al sediento, no deseéis la paz al guerrero, cuidad vuestras almas, aplicaos en ese empeño.
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