Es inminente la llegada de la Navidad, días especiales para católicos creyentes, practicantes o no. Debo confesar que para mí es una fiesta que continuamente se está devaluando, será porque me estoy haciendo mayor, más critico y aprecio que es una fiesta triste, hipócrita y cada vez más alejada de lo que debería ser ese espíritu navideño.
Cada vez siento más lejana aquellas navidades de niño, ayudar a mi padre a montar el nacimiento, con una hermosa cueva de rocas que fabricó, la reunión en casa de mi abuela paterna con todos los tíos y primos cantando villancicos y degustando los roscos y borrachuelos con miel o azúcar elaborados allí mismo el día anterior, la ilusión al despertar el día de reyes la incertidumbre de saber si sus majestades consideraban que habías sido lo suficientemente bueno, cariñoso, aseado y estudioso para merecer todo lo que les pedía en la carta, aún sigo esperando el uniforme del cabo Rusty de la caballería norteamericana y cambiarle el nombre de Turco por Rin tin tin a mi perro y vivir las aventuras de mi personaje favorito cuando niño, pero a pesar de la decepción al encontrar ese día un trajecito de vaquero simplón, volví a ilusionarme al año siguiente.
Cada vez nos reunimos menos en la mesa, los regalos menguan porque algún ser querido te ha abandonado para siempre, física o emocionalmente y su nombre desaparece de los paquetes para no utilizarlo nunca jamás.
Hipócritas, yo el primero al felicitar con mayor o menor efusividad a gente con la que se perdió la afectividad, cuando nos acordamos de los que no son tan privilegiados como nosotros, pero los recordamos mayoritariamente para limpiar nuestras conciencias de opulencia y derroche, de todos modos son sólo unos días.
A pesar de los tristes recuerdos, de las ausencias marcadas, de lagrimas a escondidas, creedme cuando os digo a los que me leéis, los que sentís afecto por mí, antipatía, cariño, odio, en general a todos vosotros, que deseo paséis una FELIZ NAVIDAD.
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