
El día era extraordinario, el sol calentaba la blanca arena de la calita, las rocas resplandecían ante el reflejo de los rayos del sol, la quietud reinaba en ese trozo de playa acotada naturalmente, pocas personas se encontraban en la misma bronceándose tumbados sobre la arena, en la parte más aislada y rocosa se encontraban todos los que practicaban nudismo, a pesar de no ser una playa oficialmente naturista, si que había cierta consideración con esos tramos apartados.
Hacia allí se encaminaron Marcos y Andrea a pesar que ella le producía cierto desagrado desnudarse públicamente, pero fue una bravuconada suya proponerle a Marcos ir a ese tipo de playa en su próximo viaje. La mirada la fijó en un punto para de ese modo sentirse menos violenta, Marcos la abrazaba por la cintura y era consciente que la conversación mantenida semanas atrás no fue más que una fantasmada de ella para excitarlo y ponerlo como una moto, de gran cilindrada por cierto.
Oculta tras sus gafas de sol le fue imposible observar aquellos cuerpos tostándose bajo un sol de solemnidad, machos con sus penes desparramados, mujeres con el sexo rasurado, recortado, incluso alguno que parecía un garo enroscado, parejas acarameladas tumbadas junto al rebalaje, aunque intentaba no pensar en ello, comenzó a notar que se sentía húmeda, el calor, la visión de los cuerpos desnudos las manos de Marcos recorriendo su nalga.
En una de las oquedades del acantilado que formaba la cala se tumbaron, estaban algo resguardado de las miradas de los convecinos de playa, inmediatamente Marcos se desnudó, Andrea se disculpó y le manifestó que prefería permanecer con el minúsculo tanga que le ocultaba mismamente el sexo, se tumbó junto a él boca abajo. La mano de Marcos buscó afanosamente el culo prieto de Andrea que tanto le excitaba, ella al sentir la mano acariciándola se ruborizó, miró a su alrededor y no observó a nadie próximo a ellos por lo que no le conminó a que abandonase las caricias.
Sin aparentar efusividad, Marcos ampliaba las caricias, con un dedo comenzó a bordear los cachetes, ahondó los dedos hasta topar con el escaso trozo de tanga que se encontraba allí oculto, en su descenso buscando la vagina le rozó el ano. El sonrojo dio paso a la fogosidad, Andrea se dejaba llevar por la pasión, el morbo de poder sentirse observada la excitaba, al sentir los dedos de Marcos separar sus labios vaginales, ahondarse en su volcán húmedo y caliente, el roce en su clítoris la hizo gemir.
Piernas separadas para facilitar la maniobrabilidad de unos dedos juguetones y lascivos, uñas clavándose en el brazo de su amante, mordiscos en su mano para disipar los jadeos, disimular unos gemidos difícilmente controlables pues estaba en pleno orgasmo.
Alcanzado el éxtasis, se dejó caer sobre Marcos y le devoró la boca con sus besos, ambos fundidos en un abrazo parecían un solo ser.
Cuando disminuyó la excitación de Marcos, ambos se fueron a refrescar sus cuerpos recalentados a las claras aguas del mar, la calita no era excesivamente amplia, algunos botes neumáticos se encontraban fondeados en ella, el banco de arena les permitió acercarse a un roqueo que se encontraba a la derecha de la cala, se acercaron a las rocas, se encontraban solos y Andrea se despojó de la braga del bikini que puso sobre el cuello de Marcos, lo que activó el resorte del pene de éste y al acercarse a ella vislumbró su sexo bajo el agua.
Entre juegos se fueron calentando progresivamente, Marcos necesitaba ya poco calentamiento tras el periodo que ambos estuvieron tumbados en la playa y él la masturbaba secreta y complacientemente.
El ruido sordo de las pequeñas olas tras las rocas donde se encontraban les hizo que rodeasen éstas y comprobaron que había una pequeña gruta semi inundada por el mar, en ella se adentraron, y en la penumbra, con el ruido de las olas y el olor del salitre comenzó a besarla, su mano hurgó el sexo de ella con mayor libertad, Andrea se lo ofrecía sin disimulo al tiempo que se inclinaba para aferrarse a la lanza musculosa y venosa de Marcos, delicado bocado salado por el mar.
Sobre un promontorio cubierto de algas verdes la apoyó, los pechos tersos y bronceados de Andrea se confundían con el verdor y con las olas que rompían espumosas ante esa inusual escollera, el agua le cubría hasta las rodillas, las piernas estiradas, las nalgas elevadas, Marcos agachado, agarrando las caderas de Andrea como si tratara de impedir que ella se alejase con el reflujo de las olas, acercó su cara al sexo de ella, mojado de pasión y de mar. Una lengua libidinosa se adentraba por cualquier oquedad, comenzando por la estrechez del ano para escurrirse a la vulva y adentrarse en la vagina.
Se incorporó todo lo que pudo debido a la escasa altura del techo de la gruta y comenzó a penetrarla pausadamente, parecía que había acompasado sus movimientos con el flujo de las olas, tras cada empuje le seguía una olita que rompía entre la roca y los senos de Andrea salpicándole agua salada a los labios.
Los gemidos de Andrea se incrementaron, los músculos se pensionaron y fue cuando dejó de penetrarla vaginalmente, le lubricó levemente el ano con la lengua, se aferró a sus caderas y sosegadamente la penetró.
Gemidos, jadeos mutuos y la eclosión en el miembro de Marcos que se confundía con la espuma de las olas al romper.
La marea comenzó a subir, por lo que se dejaron llevar por ella y volvieron a su cubil de arenas blancas en la calita.
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