
Hasta hace poco rato no eras más que un niño,
de semblante alegre e inocencia clara,
ahora, una vez desposado con la muerte,
sus labios son fríos y vitrificada su mirada.
Sanguinolento manantial parece su cabeza,
un reguero púrpura manaba de tu frente,
tiñendo de carmesí la virginidad de la nieve.
Sonrisa irónica plasmada en sus labios,
sus ojos reflejan la ira desatada,
siendo aún niño, es ya adulto cansado,
y a esperanzas e ilusiones parecía estar atado.
Se extinguieron las esperanzas del adulto,
las prontas ilusiones del infante,
una gélida bala cegó su mente.
Hasta hace sólo un rato, era poco más que un niño,
de alegre semblante e inocencia clara.
Árboles tristes al cielo piden clemencia,
y que en el resurgir de un nuevo día,
la nefasta y temida guadaña fría,
no siembre de terror ningún alevín corazón,
ni arranque impetuosa el alma tierna de niños.
Pero él yacía ahí, ni su inocente juventud,
ni el orgullo varonil fuertemente apresado,
evitaron que la dama negra se acercara
para abalanzar sobre él con manifiesto ímpetu
sus insensibles brazos de oscuridad y silencio.
Hasta hace sólo un rato no era más que un niño,
de semblante alegre e inocencia clara.
El cuerpo era de niño, pero su alma de adulto,
en la esperanza forjaba su fuerza,
y junto a la ilusión trazaba su meta,
acabó la esperanza, no cruzó la meta,
se desvaneció la ilusión, perdió toda su fuerza,
un reguero de sangre brotaba de su cabeza.
Hasta hace sólo un rato, era poco más que un niño,
de semblante alegre e inocencia clara.
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