viernes, 24 de noviembre de 2006

Repostrería



Cubrí la mesa rectangular de madera con un hule de colores calidos, sobre él dispersé abundantes pétalos de rosas blancas formando un lecho, donde descansaría mi amada.
Dispuse de una luz convenientemente tenue, la fragancia de las rosas envolvían la habitación, el crepitar de la leña ardiendo en la chimenea se camuflaba con la música.
Tras desvestirla la tumbé sobre el lecho de rosas, recogí su espesa cabellera dentro de una especie de redecilla, le vendé los ojos con un pañuelo de seda rojo bordeado en negro y oro, anudé cada una de sus muñecas y sus tobillos para atarlos posteriormente a cada pata de la mesa.
Podía apreciar cierto nerviosismo en ella, el vello se le erizaba, desconocía mis intenciones, acerqué una jarra de chocolate negro derretido, aunque estaba caliente, comenzaba a endurecerse y le cubrí los pechos con él, al sentir el chocolate caliente sobre su piel, se estremeció, agarrando fuertemente las cuerdas que le aprisionaban los brazos, un grito ahogado emergió de su garganta. Una vez bien cubiertos los pechos, dejé caer unas hileras de chocolate sobre su torso desnudo, hasta llegar a su sexo libidinoso que cubrí por completo.
Guardé un puñado de pétalos para distribuirlos desorganizadamente sobre ella y nuevamente derramé más chocolate humeante sobre ella cubriendo más zonas de su cuerpo y los pétalos albinos. Los pezones quedaron erectos por lo que aproveché para ponerles unas bolas de nata montada sobre cada uno, igualmente le puse varias línea desiguales en un lateral del sexo.
Permanecí sentado junto a ella, mi mano sostenía una copa de cava frío que degustaba mientras me deleitaba observándola, inmortalizando aquella imagen, mi mente divagó imaginando la creación de un artista en un marco adecuado, la fragancia de las rosas se entremezclaba con el olor del chocolate negro, el crepitar de la leña se confundía con las melodías de aquella balada.
Pero aquella “obra” debía ser efímera, por lo que empecé a degustarla por el sexo, arrastré los dientes por su entrepierna, ahondé la lengua en su sexo, devoré el chocolate, lo comía a lametazos.
Mordí aquellos pechos erguidos, los pezones endurecidos culminados de blanca nata que simulaba un par de picos nevados, me regocijé en esos pechos, los apretaba mientras los mordisqueaba, ella se estremecía de placer, sus jadeos aumentaban.
Vertí el cava frío sobre su cuerpo, bebí, chupé, lamí y nuevamente quedé allí sentado observándola.

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