
Transcurrieron los años con lentitud, el paso de los días se palpaba en aquel tronco aguerrido, la añoranza no desaparecía, cuando asomaba la tormenta y el viento levantaba las olas, él gozaba al ser cubierto de agua salada, parecía rejuvenecer, se revitalizaba de optimismo, de alegrías y de ilusión.
Permanecía siempre expectante desde su privilegiada ubicación, observaba con detenimiento, con deleite cada una de las estrellas que relucía sobre unas aguas oscuras, sobre su mar. Cuando las olas impactaban sobre rocas o sobre mí, sentía su excitación, las raíces temblaban y las ramas se agitaban frenéticamente sin necesidad de ser mecidas por el viento, y musitaba el himno a su dios Poseidón, “… el que mueve la tierra y el baldío mal, dios y señor de las profundidades…”.
En el ocaso de un día de verano, mientras contemplaba extasiado como el manto oscuro de la noche se extendía por el cielo azul cubriéndolo todo de sombras, escuchamos en la lejanía el susurro de una canción, apenas se apreciaba por la distancia, pero la sentimos dulce y calida, al amanecer observamos postrada sobre la gran roca que emergía junto a nosotros a una bellísima y jovial sirena, un ser esplendoroso de larga cabellera de color fuego que le cubría los pechos, unos ojos vivarachos verdes como el mar, como el follaje que cubría las ramas de Nammar, con una cola cuyas escamas eran de los más vivos colores, la tez era morena, pero con una piel sedosa.
De la roca se zambullía en el agua y tras unos minutos de inmersión, volvía a emerger para sentarse en un saliente rocoso que se encontraba a ras del mar y comenzaba a peinar esos largos cabellos del color del cobre con un peine de nácar, mientras, cantaba con una voz melodiosa y seductora, escuchando esas canciones tan sugerentes, el canto embrujador que llevaba a los marinos a la perdición, ejerciendo una atracción tan poderosa que hacía que todo el que la escuchase, desatendiese sus labores en la nave, acabando ésta estrellándose contra los acantilados y rocas.
Quedó cautivado por esa melodía, mientras más la escuchaba, más tiempo deseaba que allí permaneciera, su atracción era fortísima, se sentía embriagado por ese canto, por ese cuerpo esplendoroso, por su larga cabellera anaranjada, por sus ojos verdes, por unos labios finos por donde se escapaba como un silbido esas notas musicales.
A pesar de esa atracción, se resistía a contactar con ella, en ocasiones, cuando el sol más alto se encontraba, cuando sus rayos mayor incidencia tenían, la esplendorosa sirena se protegía de dichos rayos dañinos para su piel, en la sombra que proporcionaba sus ramas y su follaje, se sentía aliviada y agradecía que estuviese allí aquel árbol para darle sombra. Nammar le dejaba caer algunas de sus hojas que al descender por su desnuda espalda le proporcionaba placer y un cosquilleo que la hacían sonreír.
Permanecía siempre expectante desde su privilegiada ubicación, observaba con detenimiento, con deleite cada una de las estrellas que relucía sobre unas aguas oscuras, sobre su mar. Cuando las olas impactaban sobre rocas o sobre mí, sentía su excitación, las raíces temblaban y las ramas se agitaban frenéticamente sin necesidad de ser mecidas por el viento, y musitaba el himno a su dios Poseidón, “… el que mueve la tierra y el baldío mal, dios y señor de las profundidades…”.
En el ocaso de un día de verano, mientras contemplaba extasiado como el manto oscuro de la noche se extendía por el cielo azul cubriéndolo todo de sombras, escuchamos en la lejanía el susurro de una canción, apenas se apreciaba por la distancia, pero la sentimos dulce y calida, al amanecer observamos postrada sobre la gran roca que emergía junto a nosotros a una bellísima y jovial sirena, un ser esplendoroso de larga cabellera de color fuego que le cubría los pechos, unos ojos vivarachos verdes como el mar, como el follaje que cubría las ramas de Nammar, con una cola cuyas escamas eran de los más vivos colores, la tez era morena, pero con una piel sedosa.
De la roca se zambullía en el agua y tras unos minutos de inmersión, volvía a emerger para sentarse en un saliente rocoso que se encontraba a ras del mar y comenzaba a peinar esos largos cabellos del color del cobre con un peine de nácar, mientras, cantaba con una voz melodiosa y seductora, escuchando esas canciones tan sugerentes, el canto embrujador que llevaba a los marinos a la perdición, ejerciendo una atracción tan poderosa que hacía que todo el que la escuchase, desatendiese sus labores en la nave, acabando ésta estrellándose contra los acantilados y rocas.
Quedó cautivado por esa melodía, mientras más la escuchaba, más tiempo deseaba que allí permaneciera, su atracción era fortísima, se sentía embriagado por ese canto, por ese cuerpo esplendoroso, por su larga cabellera anaranjada, por sus ojos verdes, por unos labios finos por donde se escapaba como un silbido esas notas musicales.
A pesar de esa atracción, se resistía a contactar con ella, en ocasiones, cuando el sol más alto se encontraba, cuando sus rayos mayor incidencia tenían, la esplendorosa sirena se protegía de dichos rayos dañinos para su piel, en la sombra que proporcionaba sus ramas y su follaje, se sentía aliviada y agradecía que estuviese allí aquel árbol para darle sombra. Nammar le dejaba caer algunas de sus hojas que al descender por su desnuda espalda le proporcionaba placer y un cosquilleo que la hacían sonreír.
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