domingo, 26 de noviembre de 2006

La leyenda del principe Nammar y Talía, parte final


Se despidió para volver a sumergirse en su mar, desde mi posición veía su estilizada figura como se alejaba bajo esa capa de agua que lo protegía. Al poco rato de marcharse, apareció como hacía diariamente la espectacular sirena de pelo llameante y ojos verdes como algas, me miró sorprendida, se estremeció al no encontrar allí quién la protegía del sol ardiente y la entretenía con sus charlas, observó como en su enclave únicamente había un enorme socavón, la angustia se palpaba en su rostro, gritó su nombre mirando hacia todos lados intentando comprender que había pasado y donde se encontraba quién tantas sensaciones le producía.

Lentamente vi. emerger la figura del príncipe, la observaba oculto en la roca, próximo a ella, comprobando que era aún más hermosa en la proximidad, volvió a escuchar su canto, un canto triste y melancólico y fue cuando la llamó, “Talía, Talía estoy aquí junto a ti vuelvo a ser tu príncipe…”, la emoción embargó a ambos, Nammar se aproximó a ella y se fundieron en un abrazo calido y sincero, se podía palpar el nerviosismo de ambos, sus labios fueron sólo uno y estando así se sentían dichosos.

Desde ese día navegaron juntos, él le prometió el mar, quiso que fuese su princesa, la más hermosa princesa que surcó los mares. Surcaron mares, océanos, tuvieron que afrontar fuertes y tormentosas marejadas, pero siempre volvía el mar a quedar calmado y cada vez más se necesitaban el uno al otro, no podía ser que el príncipe estuviese sin su princesa.
En ocasiones especiales acudían a la roca donde se conocieron, donde surgió el enamoramiento que sentían y llegaron a venerar esa roca emergente como un lugar mágico donde la gracia de los dioses hizo que allí se conocieran.

Transcurrió el tiempo, un determinado día vi. aparecer en la roca santuario a Nammar, lo noté extraño, algo huraño, la alegría innata que tenía había desaparecido, la tristeza le acuciaba, no saludó como me solía saludar, aprecié un saludo desganado, no necesité preguntarle por su malestar, me contó que su princesa decidió marchar, que a pesar que las más hermosas nereidas deseaban yacer con él y convertirse en su princesa, se encontraba, se sentía herido, pero ésta era una herida mucho peor que la que le produjeron en el combate y que le iba a ocasionar su muerte, esta vez tenía herido el corazón, una herida en esta ocasión lo fue el corazón lo que sintió atravesado originándole una profunda herida para la que no encontraba curación.
Vagaba por mares y océanos, intentando desvanecer los recuerdos de aquella sirena que consiguió transformar un corazón de madera y resina, en un corazón latente de amor y cariño, exultante de felicidad.
Descorazonado, volvió a la roca donde un día dejó de ser príncipe para transformarse en árbol, imploró a su dios todopoderoso que se apiadara de él, que le devolviera al que fue su estado durante tan largo tiempo, ansiaba la esclavitud de su anclaje atalaya, pero Poseidón no quería escucharlo, no permitió que su sangre guerrera y valerosa volviese a convertirse en resina, desatendió su petición, conminándole a que volviese a ser aquel guerrero majestuoso y noble, que volviese a ser el monarca protector que su pueblo necesitaba.

Esa noche se desvaneció entre las aguas, tan sólo escuché mientras se alejaba decirme “adiós amigo mío, me resultará imposible olvidarte…”, y desde entonces no supe nada más de él.
con el transcurso de los años y en la época estival, fueron atraídas hacia aquí parejas de enamorados que habían escuchado una fábula, la leyenda de un príncipe submarino enamorado de una sirena verde llamada Talía, su princesa. Desde el borde del acantilado observaban la inmensidad del mar en las horas en las que el crepúsculo del día se extendía por el horizonte y hubo quién distinguió la figura de aquel príncipe surcando las aguas acompañado de una hermosa sirena de larga cabellera resplandeciente. Ignoro si alguien consiguió verlo en alguna ocasión, aunque quizás quienes aseguraron verlo lo hicieron con los ojos del corazón.

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