sábado, 25 de noviembre de 2006

La leyenda del principe Nammar y Talía, parte 2ª


La vida apacible y serena en el reino se truncó el día que unos seres terroríficos, aleccionados por la terrorífica Medusa y provenientes del abismo más profundo y tenebroso, acosaron su reino, provocando su ira y desasosiego hasta conseguir que entrará en combate, un combate muy desigual , pues nada más iniciarse, fueron cayendo sus escuadras de seres atroces capitaneados por grayas, gorgonas y telquines, mermaron significativamente su ejercito, pero aún así no se amilanó, entablando una feroz y cruenta batalla a pesar de contar con un número reducido de efectivos para luchar contra unas hordas bien aguerridas y sanguinarias. El desprecio a su propia vida en pos de su pueblo, la arrogancia en la lucha, el valor desbordante dejó confundido y atemorizado a la emperatriz del mal y a todos sus esbirros, la sombra de una derrota planeaba por entre las aguas enrojecidas por la sangre al comprobar la descomunal fuerza y destreza que empleaba Nammar en el combate, una fuerza que le había sido otorgada por los dioses, su venerado y protector Poseidón le concedió dicho don cuando no era más que un niño.

La lucha fue larga, tediosa, amarga e interminable, no se pronosticaba cuando concluiría, los abismales avanzaban en oleadas, minando las defensas de los defensores y también las esperanzas pues conseguían acabar con unas escuadras, cuando se encontraban con otra oleada de salvajes avanzando destructivamente sobre ellos. Con el paso de las horas, las fuerzas comenzaron a flaquear, los músculos de Nammar estaban saturados, irremediablemente el fin estaba próximo y la impotencia y el desasosiego aumentaba.

Cuando más duro era el combate, cuando la batalla se tornó más fiera y sangrienta, en pleno fragor de la batalla sintió como una inmensa punzada le atravesaba su cuerpo, una descarga eléctrica le paralizó completamente los músculos, el calor le abrasaba por dentro, sentía como la vida se le escapaba junto con la sangre que brotaba por las heridas de un cuerpo maltratado. En su estado de inconciencia veía como era engullido por el remolino negro hacia las tinieblas del abismo.

Su cuerpo quedó inerte, pero ese no era podía a ser el digno final que estaba escrito para el aguerrido príncipe submarino, ese cuerpo inerte y maltrecho fue rescatado de las entrañas del abismo por un deseo divino, Poseidón lo consideraba un hijo y no permitió que su alma llegase al reino del silencio y la muerte. No podía volverle a la vida, pero mientras pleiteaba con el señor de la muerte por él, lo envolvió en una corriente marina de agua fría como el hielo arrastrándolo hasta unas aguas calidas y poco profundas, fue entonces cuando su cuerpo golpeó con virulencia una inmensa roca cuya cima sobresalía de las aguas.

En esos momentos me convertí en testigo de todos los acontecimientos, se encontraba postrado a mis pies, ah bueno que seguís sin reconocerme verdad?, no me gustaría ser vanidoso pero puedo decir muy orgulloso que soy un imponente acantilado que luzco orgulloso las heridas producidas por las embestidas del mar sin que su ira pueda acabar conmigo. Los días en los que se encuentra calmado como una balsa de aceite, con sus aguas cristalinas como un espejo, observo como estoy coronado por altísimos árboles de hojas finísimas y puntiagudas como auténticos arpones, con un tronco recio de color pardo oscuro y con una corteza áspera y muy agrietada.

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