
En mis largas y apacibles conversaciones con Nammar, me comentó que cuando era arrastrado hacia las oscuras profundidades, reconoció la efigie de su dios y señor, con total rotundidad le aseveró que su alma había pasado a pertenecer al todopoderoso Hades y que se encontraba en transito hacia su reino, el reino de los muertos, pero a pesar de su inmenso poder, Hades sentía cierta debilidad y afinidad por la majestuosidad de su hermano Poseidón, accedió a concederle el deseo de devolverle la vida a su protegido, pero como condición debería cambiar de aspecto, tenía que convertirse en un ser totalmente distinto al que era y abandonar el mundo submarino.
Poseidón accedió una por una a las peticiones que había formulado Hades, pero le hizo una salvedad, si se daban las circunstancias de que una ninfa submarina, la más hermosa de las nereidas lograra amarlo desconociendo su verdadera identidad, si se enamorase perdidamente de él y fuese correspondida con idéntico amor, su protegido volvería a poseer su cuerpo de príncipe y gozar de su reino.
Hades pensó que tales proposiciones excedían con diferencia lo que estaba dispuesto a consentir, pero pensó que sería utópico que tales hechos se produjesen, por lo que quedó confiado en que no habría ninguna circunstancias que hiciera invertir la transformación del nuevo ser que surgiera de lo que un día fue el príncipe de los mares y accedió.
Quedé atónito observando desde mi privilegiado enclave como una divinidad tan majestuosa como arrogante, mantenía la mirada abstraída y punzante sobre un cuerpo yaciente, comprobando con estupor como el astro rey era implacable con ese cuerpo hercúleo y se apoderaba de él irremediablemente. Visiblemente enojado invocó a la diosa Artemisa para que fuese ella como gobernadora de todos los bosques y animales terrestres dictaminara en que ser debía convertirse su protegido y así devolverlo a la vida cuanto antes, pues el tiempo era implacable, transcurría peligrosamente en su contra, Hades no le concedió un tiempo ilimitado para ser transformado, impuso que si al cubrir la marea nuevamente la roca, el cuerpo inerte de Nammar continuaba allí postrado, sería arrastrado irremisiblemente hasta su reino de oscuridad y silencios.
Por entre las copas de los árboles que me cubren, surgió un ser armonioso de luz, se trataba de la diosa Artemisa que acudía a la invocación de Poseidón, y observando ese cuerpo marchito, se percató que estaba siendo cubierto de hojas aciculares provenientes de los frondosos árboles que me coronaban a mí. Esta capa verdosa que cubría el cuerpo no era otra cosa que hojas de pino insigne, la diosa pensó que igual de insigne había tenido que ser en vida el que era conocido como príncipe de los mares para ser protegido con tanto ahínco y fraternidad por Poseidón, y fue por esto que decidió reencarnarlo, en un joven y robusto pino.
Ambas divinidades estuvieron de acuerdo en el nuevo ser que surgiría del cuerpo y el alma de Nammar y para compensar la prisión inmóvil a la que se vería sometido, determinaron que su ubicación sería lo más próxima al mar, un enclave nada propicio para su entronque, para su crecimiento, pero era la voluntad de los dioses que desde su atalaya divisara el que había sido su reino, que se impregnara de la esencia del mar y también porque el deseo de Poseidón era que se cumpliese sus exigencias y que el reino de las profundidades marinas volviese a tener al soberano que un día aclamaron.
Una voz aterciopelada, una voz sensual, pero a su vez enérgica recorrió un amplísimo territorio pudiéndose escuchar con total nitidez estas como decía…”melahel lehahiah nithael damabiah pinus radiata so mote it be”, inmediatamente comenzó a surgir en torno a la figura inerte de Nammar un halo color verdoso que parecía girar sobre un hipotético eje, duró escasos segundos y tras desaparecer allí quedó el sarmiento de un árbol joven, de un pino recio a pesar de su tamaño.
Un viento huracanado provocado por Poseidón, incrustó el joven pino entre mi cuerpo, sentí las tiernas raíces ahondar hasta lo más profundo de mí ser, el mar a pocos metros parecía no querer separarse de él, lo mojaba, lo impregnaba de su salinidad, no se resignaba quedarse sin su príncipe, pero él dejó de existir como tal, desde entonces fue un frondoso y majestuoso pino que crecería colgado de un acantilado al borde del mar.
Poseidón accedió una por una a las peticiones que había formulado Hades, pero le hizo una salvedad, si se daban las circunstancias de que una ninfa submarina, la más hermosa de las nereidas lograra amarlo desconociendo su verdadera identidad, si se enamorase perdidamente de él y fuese correspondida con idéntico amor, su protegido volvería a poseer su cuerpo de príncipe y gozar de su reino.
Hades pensó que tales proposiciones excedían con diferencia lo que estaba dispuesto a consentir, pero pensó que sería utópico que tales hechos se produjesen, por lo que quedó confiado en que no habría ninguna circunstancias que hiciera invertir la transformación del nuevo ser que surgiera de lo que un día fue el príncipe de los mares y accedió.
Quedé atónito observando desde mi privilegiado enclave como una divinidad tan majestuosa como arrogante, mantenía la mirada abstraída y punzante sobre un cuerpo yaciente, comprobando con estupor como el astro rey era implacable con ese cuerpo hercúleo y se apoderaba de él irremediablemente. Visiblemente enojado invocó a la diosa Artemisa para que fuese ella como gobernadora de todos los bosques y animales terrestres dictaminara en que ser debía convertirse su protegido y así devolverlo a la vida cuanto antes, pues el tiempo era implacable, transcurría peligrosamente en su contra, Hades no le concedió un tiempo ilimitado para ser transformado, impuso que si al cubrir la marea nuevamente la roca, el cuerpo inerte de Nammar continuaba allí postrado, sería arrastrado irremisiblemente hasta su reino de oscuridad y silencios.
Por entre las copas de los árboles que me cubren, surgió un ser armonioso de luz, se trataba de la diosa Artemisa que acudía a la invocación de Poseidón, y observando ese cuerpo marchito, se percató que estaba siendo cubierto de hojas aciculares provenientes de los frondosos árboles que me coronaban a mí. Esta capa verdosa que cubría el cuerpo no era otra cosa que hojas de pino insigne, la diosa pensó que igual de insigne había tenido que ser en vida el que era conocido como príncipe de los mares para ser protegido con tanto ahínco y fraternidad por Poseidón, y fue por esto que decidió reencarnarlo, en un joven y robusto pino.
Ambas divinidades estuvieron de acuerdo en el nuevo ser que surgiría del cuerpo y el alma de Nammar y para compensar la prisión inmóvil a la que se vería sometido, determinaron que su ubicación sería lo más próxima al mar, un enclave nada propicio para su entronque, para su crecimiento, pero era la voluntad de los dioses que desde su atalaya divisara el que había sido su reino, que se impregnara de la esencia del mar y también porque el deseo de Poseidón era que se cumpliese sus exigencias y que el reino de las profundidades marinas volviese a tener al soberano que un día aclamaron.
Una voz aterciopelada, una voz sensual, pero a su vez enérgica recorrió un amplísimo territorio pudiéndose escuchar con total nitidez estas como decía…”melahel lehahiah nithael damabiah pinus radiata so mote it be”, inmediatamente comenzó a surgir en torno a la figura inerte de Nammar un halo color verdoso que parecía girar sobre un hipotético eje, duró escasos segundos y tras desaparecer allí quedó el sarmiento de un árbol joven, de un pino recio a pesar de su tamaño.
Un viento huracanado provocado por Poseidón, incrustó el joven pino entre mi cuerpo, sentí las tiernas raíces ahondar hasta lo más profundo de mí ser, el mar a pocos metros parecía no querer separarse de él, lo mojaba, lo impregnaba de su salinidad, no se resignaba quedarse sin su príncipe, pero él dejó de existir como tal, desde entonces fue un frondoso y majestuoso pino que crecería colgado de un acantilado al borde del mar.
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