
Acababa de salir de la ducha, me encontraba frente al espejo del cuarto de baño y vi reflejado en él mi cicatriz más reciente, la miré detenidamente y me puse a localizar el resto de cicatrices dispersadas por todo el cuerpo, medité sobre ellas, esos costurones en mi piel determinan una dilatada vida.
Rememoran mi lejana niñez, mis años imprudentes y aventureros o la actualidad más cercana, todas tienen su porqué y su fecha de adquisición.
¡Ah!, la primera en mi rodilla derecha, jugaba al fútbol con mi padre cuando pisé el balón y caí de rodillas sobre una piedrecita que terminó incrustada en mí, le tengo hasta cariño ya que fue la primera y me acompaña desde los 4 ó 5 años.
No mucho tiempo después, llegó la de la ceja, eso de estar en el lugar y en el momento equivocado lo descubrí cuando impactó sobre mi cara esa piedra lanzada al fondo de la cañada por donde transitaba, casi desgracio al enfermero que me saturó la herida si la patada lanzada por el dolor que me provocaba hubiese alcanzado su objetivo, la zona testicular.
Y llegó mi pasión por el submarinismo, mis imprudencias bajo las aguas, las marcas de mordeduras o quizás picotazos de los pulpos que arrancaban la piel, la daga que penetró por la palma y despuntó por el dorso de la mano, pero la ostra no se quedó sin abrir, lástima que no contuviese la perla que buscaba.
La rodilla izquierda no se libró de ser marcada, no, pienso que debió sentir unos extraños celos de su compañera y no quiso ser menos, así que engendró un quiste que me extirpó un matarife en el hospital militar, aún hoy recuerdo esa extensa sala con sus camas de barrotes blancos, las monjas, bueno le llamábamos hermanas, aunque ninguna de ellas era familiar mío, ese olor penetrante a desinfectante y ese banco cutre de madera a las puertas del quirófano donde esperábamos para ser operados.
Con 19 años se sana rápido, las ansias de aventura podían conmigo y me topé con una corva tensa sobre un arroyo semiseco, con un cabo torpe que al no conseguir cruzar por cansancio se dejó caer sin avisar al que iba tras él, o sea a mí, con ese mosquetón vetusto y pesado y esa mochila de combate sobre la espalda que me empujaban hacia el cauce, con ese latigazo de la cuerda tensa que me precipitó de cabeza sobre las rocas. No era mejor el enfermero del hospital comarcal qué el médico del militar, debí dejar que me cosiera el sargento, al menos no me hubiese puesto en la cabeza esa especie de kiki ridículo con la gasa que me impedía encasquetarme la boina verde.
La vida trascurría vertiginosamente, casi sin darme cuenta sustituí los uniformes militares por el de ayudante de cocina, ¡me cago en tó lo que se menea!, ¿qué te ha pasáo?, ¡la virgen!, tapate con esto y vamonos rápidamente al hospital, vamos, corre, no te pares.
No te pares, pero cabrón que he perdido bastante sangre, que voy corriendo tras de ti como si estuviésemos en una prueba de velocidad, ¿quieres encima que suba todas esas escaleras a la misma velocidad y sin pararme?. Bueno, bueno, encima el cachondeito al verme el dedo corazón todo vendado, ¿pero no sabéis ya que soy diestro cohones?.
Desplazo la mirada más abajo, ufffffff, esa operación de risa, fugaz, quería irme esa misma noche a cenar con los compañeros aunque fuese marcando paquete, pero como se complicó al transcurrir de las horas, todo y la posterior operación si que me dejó una buena cicatriz bien visible sin la pelambrera.
¡No es posible!, esto no me puede pasar a mí, ¿Dónde está el dedo?, sólo veo un enorme orificio ennegrecido y ensangrentado, ¿Cómo he podido cometer ese fallo, en qué o en quién estaría pensando?, esto no puede ser cierto, debo de estar soñando y no consigo despertar. La primera falange ha estallado, pero reconstruiremos el dedo y lo dejaremos lo mejor posible, ahora debes estar tranquilo. Otra vez el mismo dedo, más costuras sobre mi piel.
Continuo observándome en el espejo, sólo se reflejan las cicatrices visibles, pero ¿y las ocultas?, las cicatrices del corazón, imagino que debo tenerlo bastante deteriorado, envejecido y cicatrizado por las heridas recibidas.
¡Es inaudito!, las cicatrices que se aprecian en él son muy tenues, producidas a una edad temprana y sin llegar a ahondar, pero entonces ¿Dónde están las cicatrices recientes?, no las veo, no las siento, parece como si nunca hubiesen producido herida alguna, como si jamás se hubiese partío, pero una vez entregué un corazón sano, pletórico y exultante, pero lo devolvieron maltrecho, con profundas heridas y entristecido, ¿pero entonces dónde están, puede ser que haya cicatrizado de forma que lo ha pulido para parecer flamante, que se haya robustecido y eliminado cualquier vestigio dañino o pernicioso?.
Unas cicatrices perduraran en el tiempo, las iré observando cada día al ducharme, otras nuevas llegaran para incrementar el número con el paso de los años, pero lo que no volverá a lastimarse, al menos ese es el propósito, será el corazón, se blindó para no sentir el más leve arañazo, aunque lo mejor es no experimentar.
Rememoran mi lejana niñez, mis años imprudentes y aventureros o la actualidad más cercana, todas tienen su porqué y su fecha de adquisición.
¡Ah!, la primera en mi rodilla derecha, jugaba al fútbol con mi padre cuando pisé el balón y caí de rodillas sobre una piedrecita que terminó incrustada en mí, le tengo hasta cariño ya que fue la primera y me acompaña desde los 4 ó 5 años.
No mucho tiempo después, llegó la de la ceja, eso de estar en el lugar y en el momento equivocado lo descubrí cuando impactó sobre mi cara esa piedra lanzada al fondo de la cañada por donde transitaba, casi desgracio al enfermero que me saturó la herida si la patada lanzada por el dolor que me provocaba hubiese alcanzado su objetivo, la zona testicular.
Y llegó mi pasión por el submarinismo, mis imprudencias bajo las aguas, las marcas de mordeduras o quizás picotazos de los pulpos que arrancaban la piel, la daga que penetró por la palma y despuntó por el dorso de la mano, pero la ostra no se quedó sin abrir, lástima que no contuviese la perla que buscaba.
La rodilla izquierda no se libró de ser marcada, no, pienso que debió sentir unos extraños celos de su compañera y no quiso ser menos, así que engendró un quiste que me extirpó un matarife en el hospital militar, aún hoy recuerdo esa extensa sala con sus camas de barrotes blancos, las monjas, bueno le llamábamos hermanas, aunque ninguna de ellas era familiar mío, ese olor penetrante a desinfectante y ese banco cutre de madera a las puertas del quirófano donde esperábamos para ser operados.
Con 19 años se sana rápido, las ansias de aventura podían conmigo y me topé con una corva tensa sobre un arroyo semiseco, con un cabo torpe que al no conseguir cruzar por cansancio se dejó caer sin avisar al que iba tras él, o sea a mí, con ese mosquetón vetusto y pesado y esa mochila de combate sobre la espalda que me empujaban hacia el cauce, con ese latigazo de la cuerda tensa que me precipitó de cabeza sobre las rocas. No era mejor el enfermero del hospital comarcal qué el médico del militar, debí dejar que me cosiera el sargento, al menos no me hubiese puesto en la cabeza esa especie de kiki ridículo con la gasa que me impedía encasquetarme la boina verde.
La vida trascurría vertiginosamente, casi sin darme cuenta sustituí los uniformes militares por el de ayudante de cocina, ¡me cago en tó lo que se menea!, ¿qué te ha pasáo?, ¡la virgen!, tapate con esto y vamonos rápidamente al hospital, vamos, corre, no te pares.
No te pares, pero cabrón que he perdido bastante sangre, que voy corriendo tras de ti como si estuviésemos en una prueba de velocidad, ¿quieres encima que suba todas esas escaleras a la misma velocidad y sin pararme?. Bueno, bueno, encima el cachondeito al verme el dedo corazón todo vendado, ¿pero no sabéis ya que soy diestro cohones?.
Desplazo la mirada más abajo, ufffffff, esa operación de risa, fugaz, quería irme esa misma noche a cenar con los compañeros aunque fuese marcando paquete, pero como se complicó al transcurrir de las horas, todo y la posterior operación si que me dejó una buena cicatriz bien visible sin la pelambrera.
¡No es posible!, esto no me puede pasar a mí, ¿Dónde está el dedo?, sólo veo un enorme orificio ennegrecido y ensangrentado, ¿Cómo he podido cometer ese fallo, en qué o en quién estaría pensando?, esto no puede ser cierto, debo de estar soñando y no consigo despertar. La primera falange ha estallado, pero reconstruiremos el dedo y lo dejaremos lo mejor posible, ahora debes estar tranquilo. Otra vez el mismo dedo, más costuras sobre mi piel.
Continuo observándome en el espejo, sólo se reflejan las cicatrices visibles, pero ¿y las ocultas?, las cicatrices del corazón, imagino que debo tenerlo bastante deteriorado, envejecido y cicatrizado por las heridas recibidas.
¡Es inaudito!, las cicatrices que se aprecian en él son muy tenues, producidas a una edad temprana y sin llegar a ahondar, pero entonces ¿Dónde están las cicatrices recientes?, no las veo, no las siento, parece como si nunca hubiesen producido herida alguna, como si jamás se hubiese partío, pero una vez entregué un corazón sano, pletórico y exultante, pero lo devolvieron maltrecho, con profundas heridas y entristecido, ¿pero entonces dónde están, puede ser que haya cicatrizado de forma que lo ha pulido para parecer flamante, que se haya robustecido y eliminado cualquier vestigio dañino o pernicioso?.
Unas cicatrices perduraran en el tiempo, las iré observando cada día al ducharme, otras nuevas llegaran para incrementar el número con el paso de los años, pero lo que no volverá a lastimarse, al menos ese es el propósito, será el corazón, se blindó para no sentir el más leve arañazo, aunque lo mejor es no experimentar.
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