
No me percaté, no tenía porqué, pero una mirada de soslayo al pequeño calendario que andaba olvidado en un cajón y una punzada de frío acero me atravesó el estomago, sentí el corazón atenazado, compungido, pero ¿porqué?...
Aprendí a relativizar el tiempo, imaginaba que el accidente fue una señal, otra burla más que me brindaba el destino y que me daba la impresión que desde hacía unos años me había escogido como víctima propicia de su chanza, desde ese momento me desprendí y descuidé cualquier tipo de medición del tiempo, amanecía, se iniciaba un nuevo día, actividad, oscurecía, llegaba el ocaso descanso, así pasaba los días, las semanas, los meses…
Siendo uno de los días del calendario, habría de llegar a él ineludible e inexorablemente para poder avanzar a una nueva jornada.
Mes significativo y rememorado, pero no debería significar más, ya no, por eso desconocía si alcanzábamos el 20 o superábamos el 25, pero se produjo esa mirada torticera al cajón del escritorio, pero ¿porqué?...
Pregunto, más no recibo respuesta alguna, mis oídos y mi cerebro tan sólo recogen la melodía armoniosa que está sonando en el reproductor del mp3.
¿Quizás es obra el mismísimo cerebro que se ha revelado contra mí, ordenando a la vista que afiance los ojos en ese pequeño rectángulo acartonado, tal vez el revolucionario haya sido el corazón traicionero que en un fugaz golpe de mano ha derrocado a la mente?, sea quién fuere sigo preguntando ¿porqué?...
Escasas aspas negras ocultan los números de este pequeño calendario, demasiados días inmaculados, tan sólo un círculo rojo sobre el día 28, para el próximo año quizás prescinda de calendario, ¿porqué he de tener uno nuevo guardado?...
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