sábado, 25 de noviembre de 2006

La leyenda del principe Nammar y Talía, parte 1ª


Partículas de sal impactan sobre su manto de hojas alargadas y puntiagudas como arpones, evitando que un torrente de minúsculas gotas saladas llegasen a su envejecido y rugoso tronco que se aferraba estoicamente a su atalaya, luchando con bravura en una desigual batalla con un mar embravecido y encontrando como aliado para el combate al viento, un viento silbante, penetrante y tenebroso, un enemigo invencible al que tan sólo podía retrasar una derrota anunciada.

Su arrogante supremacía le hace jugar con él, lo observaba constantemente, cuando mantenía placida y cristalinas sus aguas, no le proporcionaba descanso ni confianza porque al menor descuido podría descargar contra él, y también contra mí toda su ira y poderío.

Pero a pesar de todos los sinsabores, continuaba añorando esas aguas bravas, mentalmente vagaba por el interior de ellas, deleitándose con esa amalgama de colores que brindaba, con sus olores intensos y húmedos, con sus susurros y sus quejidos que eran música para él y que hacía estremecer cada hoja, cada rama, hasta la más profunda de las raíces.

Por todos era conocido su valor, tiempo atrás fueron aliados, este mar hoy su mayor enemigo, antaño le proporcionaba vida, placeres, refugio, y es que su mundo estaba allí, en el interior de él, bajo sus aguas, porque no siempre tuvo este aspecto, no nació árbol, no siempre fue un prisionero inmovilizado sostenido a un muro de rocas por gruesas raíces. Cuando recuerdo su pasado la emoción me embarga porque han sido muchos años acogiéndolo, protegiéndolo, a veces de él mismo, sintiendo como la savia se le apelmazaba, como las rama se estremecían desprendiendo esas finísimas hojas, que caían como dardos sobre un mar despreocupado por dicho vertido, una a una iba desprendiendo sus hojas, estoy convencido que así manifestaba su tristeza, era su forma de llorar, un llanto de dolor, de melancolía, de añoranza, eran las lagrimas de un poderoso guerrero, lagrimas de quién un día fue un príncipe submarino, amo y señor de toda aquellas aguas.

Su nombre era Nammar, príncipe de todos los mares y océanos, su extenso reino abarcaba la inmensidad de las aguas saladas, un reino de lo más variopinto y apasionante en las profundidades de un mar agreste y temerario pero a su vez dulce y tranquilizador, un mar que por sí sólo era la primera barrera defensiva de un hipotético ataque exterior, cuyo principal objetivo, era el de proteger todo un reino poblado por innumerables seres entregados a él en cuerpo y alma por ser un monarca justo y equitativo, cuya soberanía provenía directamente del todo poderoso Poseidón.

No hay comentarios: