domingo, 26 de noviembre de 2006

La leyenda del principe Nammar y Talía, parte 5ª


Cierto día cuando la sirena volvió a tumbarse sobre la roca, miró fijamente al árbol que la cobijaba con su sombra y le habló, desconozco si ella esperaba que le contestase, pero así ocurrió, quedó sorprendida, asustada, inmediatamente se sumergió en las aguas y desapareció. A la mañana siguiente volvió aparecer, pero con mucha cautela y desconfianza se aupó hasta la roca, nuevamente se tumbó mirando al pino del saliente y no pudo reprimirse de volver a saludarle, y Nammar respondió al saludo.

Le pidió que no se fuese, le rogó que no se sintiera temerosa, que se deshiciera del miedo, tan sólo deseaba conversar, se sentía tremendamente atraído, no dejaba de pensar en ella. Al oscurecer el día, con el resplandor de la luna, ansiaba que trascurriesen las horas, que el gran sol desplazase a la luna, pensaba en voz alta en la similitud que existía entre el sol y la luna con él y la sirena, el sol y la luna se amaban, pero era un amor imposible, tan sólo podrían coincidir en escasas ocasiones los dos juntos, pero en esas ocasiones su contacto era intenso, también él añoraba un contacto con ella, no le importaba la duración del mismo, ni cada cuanto tiempo se originase, era consciente que eso significaba sólo soñar despierto, así que tan sólo ansiaba que ella deseara regresar a diario y mantener así ese contacto.

Trascurrieron los días, ella se ausentó unos días, cuando regresó se encontró sobre la roca una cola modelada con infinidad de hojas del pino, una cola multicolor debido a las distintas tonalidades de la hoja caída, quedó sorprendida al observar eso, advirtió lo que el inmóvil árbol aprisionado en el risco sentía por ella para confeccionar con paciencia ese obsequio, se conmovió.

Un día mientras conversaban pausadamente le confesó que extrañamente se sentía sumamente atraída por él, le manifestó que de no ser un árbol que se encontraba en tierra firme, le mostraría todo el amor que por él sentía.

Al escuchar aquellas palabras emitidas por ese ser tan encantador, apareció de entre su rugoso y robusto tronco una especie de gota acuosa, una lagrima quizás?, se precipitó y terminó disuelta entre las aguas de un mar transparentes.

Talía, que así se llamaba la sirena la observó caer y como impactó con el mar, le produjo extrañeza y asombro, aunque sintió que se afligía con la mayor de las delicadezas le preguntó si lo que había visto caer era una lágrima vertida por él.


Con voz entrecortada, le respondió que sentía nostalgia, él no había nacido árbol, hubo un tiempo que fue un ser marino como lo era ella, pero por voluntad divina quedó confinado a ese muro rocoso con la forma de un árbol a pesar del dolor sufrido, aún así debía agradecer a los dioses que siguiera vivo a pesar de encontrarse con esa nueva apariencia, aunque a veces la pena y la nostalgia le embargaba y los recuerdos que le atosigaban.

Le comentó que fue un gran guerrero, que era el general supremo de un glorioso ejército de tritones.

¡¡¡Nammar!!!, gritó ella, es cierta la leyenda?, eres el príncipe Nammar que fue salvado por Poseidón del transito hacia el inframundo, al reino del silencio?.

Quedó atónito al escuchar su nombre de boca de esa nereida tan bella y espectacular, ¿Cómo sabes de Nammar?, eres muy joven para saber de mí.

Eres conocido en Atlántia en Eubea, en Aigai, en todas las ciudades de tu reino los ancianos nos trasmiten a los más jóvenes quién fue su valeroso príncipe que entregó su vida por defendernos, pero todos te creímos fallecido en la batalla con los seres del inframundo.

La lucha de Poseidón tuvo que ser titánica para conseguir que yo no terminase en los brazos de Hades, consiguiendo salvarme del abismo, a cambio de la salvación me vi. obligado a tener este aspecto actual.

Se despidieron como lo hacían a diario, con un beso lanzado al aire, un hasta el amanecer del nuevo día. El astro rey comenzó a menguar su claridad aproximando el ocaso del día para dar paso a la tranquilidad de una noche iluminada por un manto de estrellas y una luna esplendorosa, pero esa no fue una noche habitual, no fue una noche más, cuando el manto negro del cielo estaba punteado de brillantes estrellas, comenzó a soplar un tímido viento, un viento frío que fue incrementándose originando un vendaval y encrespando un mar que se encontraba en calma total.

La virulencia del viento hizo desmoronar rocas que formaban parte de mí, comenzó abrir una brecha allí donde se encontraba asido Nammar, notaba que se desprendía, que las raíces se extraían de mi cuerpo, el viento hacía que se bamboleara de un lado a otro, se sentía impotente y angustiado ante tal echo, no podía aferrarse a mí y terminó por desprenderse y cayó al vacío, le grité angustiado, pero desapareció entre las encrespadas y ensordecedoras aguas oscuras.

Volvió a amanecer, el cielo apareció con un color azul espectacular, las aguas del mar volvían a ser un cristal transparente y de ellas surgió una voz afable, reconocida que me dijo “hola viejo amigo mío, vuelvo a ser yo y estar en mi mundo…”, al unísono emergió tras las roca donde se escondía y donde un día yacía inerte, en esta ocasión era todo lo contrario, escaló la roca un guerrero, un ser musculoso de melenas oscuras como el azabache, un príncipe de torso bronceado y torneado a pesar que la juventud lo abandonó hacía tiempo.

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