… se había convertido en todo un desafío subyugar al impertinente, dicha jactancia cada vez la excitaba más. Inconscientemente se empezó a acariciar el sexo mientras hablaba con él. Posteriormente la fogosidad fue en aumento por las tórridas conversaciones que mantenían y la presunción de la proximidad en conseguir su objetivo.
A los pocos minutos de iniciar una conversación con él, comenzaba el ardor, mientras leía lo que le comentaba, deslizaba una mano hasta alcanzar su vulva bulliciosa y la acariciaba por encima del tanga. Más tarde tiraba de éste para que se introdujera entre los labios vaginales y le rozara el clítoris. Terminaba por despreocuparse de la conversación y se masturbaba con fruición.
Se obsesionaba con resarcir lo que estimó un desagravio, ¿se estaría obcecando con este personaje? Se angustiaba con pensar que podría estar embelesada con él, aunque le tranquilizaba sentirse una mujer flemática e impasible.
El malestar era patente entre os fieles y ansiosos usuarios de la sala, su diva se encontraba cada vez más fría y distante con todos y apenas conversaba en el general, por lo que el desencanto y deserción iba en aumento.
Fauno se había convertido en su obcecación. Era consciente que había sucumbido a sus palabras lisonjeras y la atracción y dependencia era notable. Ansiaba encontrarse con él, se había convertido en una necesidad imperiosa estar los dos abrazados hasta sentir como se fundían los dos cuerpos hasta formar uno sólo, apreciar el calor de su piel, devorarlo y dejarse engullir por besos, percibir su falo enardecido ahondarse lentamente en su gruta volcánica.
Atrás quedó la mujer lúbrica que abandonó su vida placentera junto al hombre que la amaba con locura por adquirir una libertad libidinosa. Fauno no se mostraba tan ansioso por encontrarse con ella y eso la afligía. Tuvo que admitir que el corazón y la razón no suelen ir a la par, y al ser tan beligerantes causan dolor y zozobra…
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