Sentado en el inodoro observaba a su esposa tras la mampara de la ducha. Meditaba como se fue diluyendo la pasión y la lujuria que ambos tenían, evaporándose paulatinamente como el agua del mar en una salina hasta quedar poco más que un poso salado.
Contemplando el cuerpo desnudo y mojado por el agua que le caía como si estuviese bajo una cascada, sintió como se excitaba. No lo dudó, se desnudó con celeridad y se introdujo en la ducha. El vapor producido por el agua caliente empañaba la visión.
Se acercó a ella y comenzó a acariciarle la espalda, el vientre, las nalgas. El pene erguido le rozaba el culo. Al sentir las manos y el miembro embravecido sobre su piel, se sorprendió, giró enérgicamente y con gesto de desaprobación rechazó las caricias objetando que estaba demasiado cansada del viaje que acababan de realizar. Deseaba cama, pero una cama tranquila y apacible.
Tras ducharse y enfriar la fogosidad que experimentó, se acostó también él. Procuró no hacer ruido para no despertarla ya que dormía profundamente, el viaje había sido largo y el cansancio hacía mella en ambos.
Se despertó repentinamente, aún no había amanecido. Al girarse en la cama comprobó que estaba sólo, tras unos minutos se levantó y contempló encendida la luz de la habitación donde tenían el ordenador. La puerta estaba entornada. Se acercó sigilosamente y escuchó el continuado repiqueteo de las teclas del ordenador y alguna que otra carcajada de su esposa. Aunque la curiosidad era excesiva, la indignación que sentía la superaba y no quiso entablar una discusión a esas horas de la madrugada, por lo que optó por acostarse de nuevo.
Sonó la alarma del despertador e inmediatamente comprobó si continuaba sólo en la cama. En esta ocasión, sí estaba su esposa junto a él y profundamente dormida.
No dejaba de meditar en lo acaecido por la noche, rechazó sus caricias con el pretexto del cansancio, pero unas horas más tarde, cuando despertó, la encontró bien espabilada , alegre y conversando con alguien por el ordenador.
Intensificó el ejercicio físico para dejar de pensar en lo acaecido, aunque se encontraba abiertamente irritado.
Al regresar al hogar mucho más juicioso, aparentó normalidad y tras saludar a su esposa que acababa de despertarse se encaminó a la ducha.
Sereno sí, pero resentido…
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