
Postrado en la cama por culpa de la gripe, entre temblores por el frió que me producía la fiebre, volvieron a mí recuerdos que ya estaban postergados. Evoqué el origen de un amor, un amor apasionado como sólo se da en determinadas edades, sin embargo este nuevo amor era distinto a todos los anteriores, en intensidad, en entrega y que desde antes de iniciado, tenía fecha de caducidad, fue un amor con reticencias iniciales, por tanto resultaba imprescindible vivirlo vehementemente día tras día.
Sueños hechos realidad, fantasías transportables a este mundo terrenal, utópicas promesas que se diluyeron como la sal en el agua el día que llega el punto y final.
Recuerdo postrero y desdeñado de un amor entusiasta hasta extremos insospechados, de un mundo de ilusión y fantasía creado para vivirlo con mayor profundidad.
Hoy cuando la fiebre me hace recordar, puedo decir abiertamente que a pesar de todos los pesares, ese amor en plena madurez, fue un regalo con el que me obsequió la vida.
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