
Apenas se conocían de una de las páginas de contactos que frecuentaban, prácticamente nada sabía el uno del otro, salvo que eran de distintos países, que ninguno de ellos dominaba el idioma del otro y que por circunstancias de la vida se encontraban residiendo a unos 70 u 80 kilómetros el uno del otro, bueno, también sabían que el sexo era importantísimo en sus vidas.
La hora de las brujas hacía tiempo que había pasado, era ya de madrugada cuando tuvo un impulso, se vistió, se montó en su coche y marchó hacia la distante localidad donde se encontraba aquella desconocida. Por las escasas indicaciones que le había dado con anterioridad sobre donde se encontraba su domicilio, lo localizó y se personó en la puerta.
Sonó el timbre y en principio no causó efecto alguno, la oscuridad se apreciaba por la ranura debajo de la puerta, volvió a pulsar el timbre y esta vez si observó un tenue resplandor, una voz somnolienta sólo preguntaba - siiií?, con marcado acento extranjero.
Le dijo quién era y apresuradamente abrió la puerta, en un principio no se podía imaginar que apareciera a esa hora de la madrugada, pero él no le dio tiempo a que pensara mucho más, nada más cerrar la puerta comenzó a besarla, pegada contra la pared, le agarraba con fuerza los grandes pechos, le subió el camisón comprobando que era lo único que llevaba puesto, por lo que dirigió su mano al sexo, ella abrió las piernas para facilitar las caricias, los dedos apartaban los labios para adentrarse en una vagina húmeda y viscosa.
La excitación que tenía él quería hacerse visible a toda costa, un pene erecto y fibroso pugnaba por alcanzar la libertad ansiada, las manos de la mujer acariciaron el abultamiento y procedió a liberalizarlo de su cautiverio desabrochando el pantalón, el glande sobresalía del slip, se arrodilló y lo devoró con lujuria.
Cuando hubo saciado su apetito succionador, le agarró el mástil y se encaminaron al dormitorio, estando frente a la cama él la empujó sorpresivamente cayendo boca arriba, le arrebató con violencia el camisón y le abrió las piernas hasta que empezaba a sentir una punzada en los abductores, con los dedos de ambas manos le separó los labios vaginales, la humedad y calidez de la lengua se confundió con la que poseía la vagina, la recorrió de un extremo a otro hasta topar con la protuberancia de un clítoris semi escondido, al que atenazó entre los dientes mientras la punta de su lengua lo acariciaba, los jadeos se encadenaban, el placer y la excitación hacía que deseara cerrar las piernas, quizás para incrementar el gozo, pero él se lo impedía, el placer se lo suministraría a su antojo.
Los pezones erectos los mordió hasta marcarlos, la mordía mientras la penetraba lentamente confundiendo el dolor del mordisco con el placer de la penetración. Los jadeos se encadenaban aumentando los decibelios, en ocasiones mezclado con algún gemido lastimoso, o un grito exaltado que eran acallados con la mano para que reprimiese cualquier muestra de placer o gozo sin su autorización.
Implacable?, puede, intolerante?, quizás, dominante?, seguro. Una vez que una explosión de esperma le salpicó el cuerpo y con ella se embadurnó los pechos y la boca, le permitió expresar libremente toda su excitación.
Y todo comenzó como un impulso lascivo y lujurioso…
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