jueves, 25 de enero de 2007

Corazón cautivo



Cuenta una leyenda que hubo una batalla encarnizada entre seres mitológicos y caballeros y príncipes de fantasía. Hubo un príncipe, el príncipe de las aguas saladas, que aún siendo un belicoso guerrero, rehusó acometer contra dichos seres, y sin rehuir el combate, decidió únicamente defenderse de las acometidas.

Estos seres mitológicos disponían de cerbatanas desde donde lanzaban dardos con la punta embadurnada de un ungüento de amor y enamoramiento. El príncipe se sentía bien protegido con su escudo y su coraza impenetrable, pero también él tenía su telón de Aquiles, una pequeña oquedad desprotegida.

La astuta guerrera lo advirtió y derivó hacia allí todas sus andanadas de dardos. La tozudez de sus acciones le hizo alcanzar su objetivo. Un dardo esquivó la coraza y atravesó su piel, paulatinamente el ungüento de la punta se diseminó por todo el cuerpo hasta alcanzar el corazón.

Fue entonces cuando se sintió derrotado, se desprendió del escudo y la coraza, entregó su corazón vencido por el elixir del amor permaneciendo cautivo de carcelera más hermosa que hubiese podido imaginar. Lo encerró en una urna de cristal y el trato que le dispensaba superaba cualquier tratado o convenio, más bien parecía que era su propio corazón el que mantenía preso.

El tiempo transcurrió sosegadamente, cierto día abrió la puerta de la celda e instó al corazón prendido a recobrar su libertad, el Síndrome de Estocolmo debió hacer mella en él porque se negó a salir de su cubil.

Quedó cautivo siendo un corazón sano, las heridas producidas por otras contiendas estaban subsanadas, recuperó la libertad con profundas lesiones y aflicción…

Y hasta aquí puedo escribir, porqué me recordará esta última frase a una que decían en televisión?, jajajaja

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