
… se adentraron en la habitación que se encontraba caldeada por una colosal fogata dentro de la chimenea, sobre el suelo un rígido colchón recubierto por funda aterciopelada.
La cogió por la cintura y la atrajo hacia él, sus labios parecían absorber los labios de ella, mientras la besaba comenzó a desnudarla muy lentamente, ella se dejaba hacer, se entregaba en sumisión a esas caricias que la hacían soñar.
Una vez desnuda la tumbó boca abajo sobre el colchón, el resplandor de las llamas del fuego incrementaba su hermosura, su sensualidad. Yacía impávida esperando el contacto de unos firmes dedos sobre su piel desnuda.
Encendió varias varitas de sándalo, puso música relajante que evocaba los sonidos del mar, se desnudó igualmente y embadurnó sus manos de aceite con esencia de Lavanda, las frotó bien para que no estuviesen frías al tacto y se arrodilló a la altura de sus glúteos dejándola entre sus piernas. Apoyó las manos sobre las firmes asentaderas de la chica y con los brazos estirados se deslizó lentamente por la espalda quedando perpendicular a ella rozándole las nalgas con su pene pendulante.
Manteniendo permanentemente sus manos en contacto con el cuerpo de la chica, le apartó del cuello el cabello que lo cubría, le acercó la cara y sopló sobre él tímidamente comprobando como se le erizaba el vello. Con los dedos curvados como puños semiabiertos, le presionaba los hombros haciendo pequeños movimientos en circulo para volver a unir las manos en el cuello y mientras con una le pellizcaba levemente toda la zona de la base del cráneo, con la otra le hurgaba la cabeza con la punta de los dedos en movimientos circulares enredando su cabello en ellos.
Apoyando cada mano en cada uno de sus omóplatos, sin apretar demasiado las deslizó conjuntamente, armoniosamente hacia los glúteos, curvó tenuemente los dedos para que la punta de estos incidieran más profundamente en la piel lánguida.
Al llegar a la cintura, deslizó sus manos lateralmente, cruzándolas para llegar a las nalgas y con las manos abiertas amasarlos ejerciendo un poco más de presión.
Ruidos del mar más profundo, suspiros camuflados con gemidos y él continuaba con el masaje, fijó las palmas en la pierna derecha, una mano en la parte exterior de los muslos, la otra en la parte interior hasta llegar a rozar la vulva, las escurrió hasta los pies y retorno pausadamente hasta su inicio. Sin apartar las manos del cuerpo ungido de la mujer, repetió los movimientos de ida y vuelta en la otra extremidad.
La excitación de ella iba en aumento, la humedad de su sexo era patente, inconscientemente abría las piernas sosegadamente.
Él se sentó y la apremió a que hiciese lo mismo apoyando la espalda contra su pecho, se entregó a él y éste puso sus manos a ambos lados del abdomen y las ascendió con parsimonia hasta encontrar la redondez de unos senos erguidos, los masajeó con movimientos circulares, a pesar de que su intención no era acariciar los pezones, inevitablemente algún roce se produjo mientras masajeaba los senos, percibiendo el estado de rigidez en el que se encontraban.
La cabeza de ella oscilaba hacia atrás o hacia ambos lados, los ojos cerrados, la boca entreabierta, los jadeos se incrementaban en intensidad y en frecuencia llegando a confundirse con unos gemidos. Las manos se deslizaban una detrás de la otra por el abdomen en busca de un sexo ardiente al que en un principio tentaban los dedos con indiferencia, pero en sucesivas llegadas comenzaron a ahondar entre los labios de la vulva, rozaban el clítoris y se impregnaron de la excitación de ella echa fluidos.
Volvió a tenderla boca a bajo y con ambas manos en paralelo, le perfiló la columna hasta culminar en las caderas donde se agarró, la excitación de él era ya abrumadora, acercó su cara a los glúteos y comenzó a mordisquearlos mientras la atenazaba. Al rozar el perineo con la lengua le provocó un espasmo, ella se aferraba con fuerza a la funda del colchón al sentirse penetrada por la lengua. Una nueva sacudida como una corriente eléctrica le produjo al morderle el clítoris.
Le elevó las caderas, quedando apoyada sobre las rodillas y los antebrazos, comenzó a penetrarla muy lentamente entre el resplandor de las llamas, las fragancias del sándalo y lavanda, armonizado por jadeos y sonidos del mar.
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