lunes, 2 de julio de 2007

Sorpresa en el copo


Hace muchos, demasiados años pero aún así los más viejos del lugar continúan recordando lo que les contaban sus mayores que ocurrió al amanecer de un día caluroso olvidado en el tiempo. Unos pescadores recogían el copo, un arte de pesca tradicional, prácticamente desaparecido y que consistía en lanzar al mar una red de media luna con dos bandas laterales donde iban unas largas cuerdas y un copo en el centro. La red se echaba desde una pequeña embarcación y los pescadores que quedaban en tierra se encargaban de arrastrarla hacia la orilla ayudados por la tralla, una especie de cinturón que se colgaba en bandolera sobre el pecho, tenía un trozo de cadena o cuerda en el extremo y estaba rematada por un corcho o madera que era lo que se ligaba al cabo de la red para poder arrástrala.

Esa mañana el copo era más pesado que de costumbre, los pescadores se miraban entre sonrisas y gritos jubilosos por el presagio de una buena pesquera esa mañana.

Una vez la red estaba en el rebalaje, cuando se apartaban los laterales y se doblaba el copo se veían saltar los diminutos chanquetes, algún que otro salmonete, boquerones, crías de herrera entre las mallas, pero se observaba algo extraño al fondo del copo, unas aletas extremadamente grandes despuntaban desde el interior, como podría ser que hubiera un pez con ese tamaño tan cerca de la orilla, no se habían observado delfines ni otros cetáceos, pero las dimensiones eran extraordinarias, que podría ser entonces?.

Temerosos terminaron de enrollar el copo y la sorpresa que les causó a esos hombres ver lo que habían capturado les desencajó las caras y les hizo correr despavoridos. Regresaron cautelosamente con todo tipo de artefacto que le sirviese como arma para ver aquel ser mitad pez mitad mujer. Si, habían pescado una sirena y no daban crédito a lo que estaban contemplando pues pensaban en ellas sólo como las fábulas que contaban los abuelos a los nietos, pero ellos la tenían allí. Larga cola escamosa con aletas puntiagudas, un cuerpo de piel clara, pechos redondeados y duros como los guijarros sobre los que yacía, pezones y areolas sonrosadas, una larga melena anaranjada se desparramaba por la red mezclada con minúsculos chanquetes moribundos, los ojos tenían un intenso color verde que se equiparaba al color de las algas que le cubrían parcialmente el rostro.

Un viejo pescador que se acercó ante el revuelo ocasionado narró una leyenda que escuchaba de pequeño donde se decía que las sirenas se aproximaban en determinadas ocasiones a tierra firme y entre cantos melosos, un maravilloso cuerpo y rostro bellísimo, turbaban las mentes de los pescadores que escogían y los hacían zozobrar contra las rocas pereciendo ahogados. Si algún pescador eludía la turbación de esos cantos, la sirena terminaba enamorándose de ese hombre, amándolo como una mujer, pero al ser un amor utópico, se le desgarraba el corazón y era ella la que fenecía.

Se miraron asombrados e incrédulos aún viendo lo que tenían dentro del copo, pero también indagando con las miradas quien habría sido el afortunado capaz de eludir los cantos de una sirena que le hubiera llevado a la perdición…

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