
Tumbados uno frente a otro, desnudos, sólo unos centímetros había de separación entre ambos, la habitación se encontraba en penumbras gracias a la luminosidad de una engrandecida luna llena que parecía un gigantesco queso de gruyere suspendido en el oscuro cielo y que filtraba su resplandor a través de la ventana abierta para hacer más llevadera una calurosa noche de finales del mes de julio en el sur de la península. Una luna tenebrosa para unos, mística, perturbadora, atrayente e influyente para otros.
La observaba detenidamente mientras con los dedos de una mano le acariciaba la cabeza, con el dedo pulgar, el índice y corazón de la otra mano acariciaba suavemente el rostro con giros pausados en la mejilla, con roces en las cejas, la nariz, la barbilla y el contorno de los labios.
Al frotar el pulgar por los labios, abrió la boca atrapando el dedo para chuparlo libidinosamente, su lengua lo acariciaba voluptuosamente, mientras los labios lo atenazaba. Deslizó la mano hasta alcanzar el miembro que había vuelto a resurgir ante las lujuriosas lamidas, endureciéndose progresiva y rápidamente.
Cuando advirtió que el macizo carnoso había alcanzado su máxima expresión, abandonó el dedo humedecido y engulló impúdicamente aquel objeto del deseo. Él la dejaba hacer mientras acariciaba su cabeza, jugueteando con el cabello.
Una vez saciada del exquisito manjar, volvió a yacer junto a él, pero en esta ocasión no enfrentó su rostro al de él, sino que le dio la espalda, adhiriendo su culo al pene erecto de su pareja, éste le acercó su mano al sexo adentrando sus dedos en una vagina viscosa de cálida humedad. Ella elevó la pierna para no dificultar las caricias, giraba la cabeza buscando ávidamente la boca de él para fundirse en un apasionado beso donde las lenguas danzaban frenéticamente.
Pegó aún más el culo y fue cuando tímidamente la penetró. La vagina bien lubricada engulló el falo embravecido que se adentraba acompasadamente una y otra vez mientras le acariciaba el clítoris, los pechos, le atenazaba los pezones.
La tensión del abductor de la pierna que tenía elevada se hacía patente aún cuando descansaba en una de las piernas de él que tenía flexionada, por lo que la giró y se acopló sobre ella. La penetración se volvió más intensa y profunda, los besos acallaban los jadeos, mordiscos en el cuello que le rememoraba épocas pasadas, olvidadas en el tiempo. Los jadeos se aceleraron, las piernas lo atenazaron con firmeza, los dedos se clavaban en los glúteos, gritos desgarrados de placer que rompían el silencio nocturno anunciaban el orgasmo que la invadía, aún así él continuaba con su ritmo constante, provocando que nuevas espasmos de gozo le recorriesen el cuerpo y tensara los músculos entre gemidos, jadeos y besos apasionados.
Comenzó a sentir como también él estaba próximo a alcanzar el clímax, aceleró progresivamente el ritmo de la penetración y entre roncos jadeos eclosionó la esencia de su interior.
Volvieron a yacer enfrentados cara a cara, separados por unos pocos centímetros, empapados de sudor, acalorados, aún así surgieron nuevas caricias en el rostro mientras se miraban en la penumbra de la habitación caldeada… bajo el influjo de la luna.
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