
Accedió a que ella realizara lo que le reclamaba desde hacía tiempo. Se tumbó en la cama y le vendó los ojos en primer lugar, a continuación ató cada muñeca a un barrote del cabecero de la cama, lo tenía inmovilizado y sin visión.
Una brisa entraba por la ventana abierta haciendo volar la cortina, el resplandor del sol se ocultó por la venda de gasa que le hacía cerrar los ojos, la brisa que se adentraba en la habitación era sumamente satisfactoria pues era un día bastante caluroso.
Sintió como le bajaba los slips, deslizándolo por los muslos hasta que los retiró completamente, se hizo el silencio, agudizó todos los sentidos pero no la escuchaba ni la sentía próxima a él. Minutos más tarde se apercibió del hundimiento del colchón junto a él, intuyó que había llegado nuevamente y se había sentado en el borde de la cama.
Unos labios cálidos le besaba el pecho, las axilas descubiertas y depiladas, continuaba bajando hasta el vientre donde una lengua húmeda y candente se regocijaba en el ombligo proporcionándole unas cosquillas que le hacía estremecer, se aprovechaba de tenerlo bien acordonado a la cama para satisfacerse observándolo retorcerse.
A pesar de las cosquillas producidas, la excitación era palpable, le pasó tenuemente la lengua a lo largo de su miembro erecto, apretando los labios retiró el prepucio. De repente se escuchó el sonido seco de la apertura de un bote cerrado al vacío, sintió como una especie de crema pastosa le cubría todo el glande, un filo duro le rozaba el borde del bálano y la crema le era untada en la base de éste. Sintió como le atenazaba el pene con firmeza y calor de una lengua restregándose en él, los labios aprisionaban el miembro mientras que la lengua deambulaba sin descanso por el extremo del falo atenazado.
Lo besó en los labios y fue cuando advirtió que la pasta que le había puesto en el glande se trataba de crema de cacao, se relamió la que quedó impregnada en su boca y nuevamente sintió el ardor de la lengua incidiendo en cualquier recoveco.
Instantes después se sintió entre sus piernas, las rodillas las tenía junto a sus caderas, el pene lo dirigió hacia su vagina, lo deslizó por la vulva rozando el clítoris y lo dispuso en el introito dejándose caer lentamente sobre él. La excitación de ambos era máxima y ella cabalgaba al ritmo que más placer le producía mientras le acariciaba el pecho.
Transcurrieron los minutos, las caricias se tornaron en pequeñas incisiones por las uñas que se clavaban en la piel, incrementaba la velocidad de la penetración a medida que el orgasmo se aproximaba. Un grito placentero mientras le atenazaba con firmeza los cabellos fue el colofón, lo liberó de las ataduras y yació abrazada a su pecho…
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