viernes, 1 de junio de 2007

Volando, (relato erótico)


Las nubes parecían algodón dulce nos adentrábamos en ellas y únicamente se observaba por la ventanilla del avión el color blanco de éstas. Me senté junto a la ventana y mi paradoja fue observar como junto a mí se sentó una hermosa mujer dejando libre el asiento junto al pasillo. Lucía una melena de cabello negro azabache se dejaba caer sobre sus hombros, elegante y voluptuosamente vestida con una blusa de gasa tremendamente escotada desde donde se vislumbraba unos tersos pechos. Finas medias negras cubrían unas piernas bien formadas de muslos prietos minimamente tapados por una corta falda a juego con la blusa. Las gafas le conferían una sensualidad especial.

La mirada fijada en el libro, absorta de cuanto acontecía a su alrededor, mucho menos de mi presencia a pesar de estar ten cerca de ella.

Al ascender, los rayos del sol incidían sobre el ventanuco calentándome la mejilla. Entre el caldeo y las vibraciones del avión me estaba provocando sopor, por lo que cerré los ojos y me entregué a los brazos de Morfeo.

Desperté sintiendo el roce de una pierna sobre la mía, pero únicamente quien me podía rozar era la morena macizota que tenía de compañera de vuelo, era más verosímil que hubiese sido yo quien en sueños acercara mi pierna a la suya. La miré, pero ella continuaba absorta en la lectura, retiré la pierna, apoyé nuevamente la cabeza sobre el quicio de la ventana caldeada y me dispuse para continuar con el apacible sueño, pero una necesidad incipiente de ir al lavabo me hizo declinar volver adormecerme.

Solicité con la mejor de mis sonrisas a la morena lectora me dejase pasar, recogió levemente las piernas por lo que no pude evitar rozándome con ella, inesperadamente y sin motivos aparentes, la falda se le subió un poco más mostrando unos muslos firmes en toda su plenitud. Me dirigía al aseo por el pasillo cuando me percaté que ella también se levantó y caminaba tras de mí. Gentilmente accedí que dispusiera del lavabo antes que yo, sonrió al entrar y curiosamente no cerró la puerta, simplemente la encajó un poco. Segundos más tarde la puerta volvió abrirse súbitamente, pensé que había sido de forma fortuita por un vaivén del avión al no estar bien cerrada, me apresuré a cerrarla de nuevo cuando desde el interior una voz armoniosa y sensual me preguntaba si prefería cerrarla estando dentro.

Debía de estar soñando, claro era un sueño erótico que tenía con aquella hermosa mujer que se sentaba junto a mí en el interior de un avión mientras volaba , pero no, no estaba dormido, era real, me estaba ocurriendo. Nuevamente la voz me preguntaba si me decidía a entrar porque Barcelona cada vez estaba más cerca, siiiiiii!, me estaba pasando a mí, no era una escena de una película, era el protagonista, bueno quizás sería mejor pensar en ser el actor secundario.

Entré, cerré la puerta, ella me agarró con firmeza por la camisa y me acercó a ella, preguntándome si mi indecisión al acceder al aseo se debía al miedo o a la timidez. Me mantuve a escasos centímetros de su rostro, observaba ensimismado unos intensos y lujuriosos ojos verdes tras las lentes de las gafas. La falda subida al máximo mostraba un liguero que asía las sedosas medias, un tanga negro ocultaba la protuberancia de un sexo húmedo, ansioso de ser acariciado, hurgado, penetrado.

Deshice el nudo del lazo que mantenía cerrada la blusa, unos esplendidos pechos afloraron del interior, los pezones erectos se entregaban a ser besados, lamidos, mordidos… No desaproveché la oportunidad que se me brindaba, mientras jugueteaba con uno de los pezones aprisionado entre los dientes, ella se deshizo con una habilidad endiablada de mi camisa, le besé los finísimos y marcados labios, adentré la lengua en su boca iniciando un vigoroso combate entre ambas lenguas, cada una pugnaba por imponerse a la otra en una danza frenética.

Mi excitación difícilmente podía disimularse, sentí una mano acariciándome la entrepierna por el pantalón, una sola mano necesitó para desabrocharlo y liberar de su encierro el fusil carnoso bien armado que surgía por el slip. Acaricié los pechos de piel fina como la seda y tímidamente bronceados, presioné los pezones mientras le besaba y mordisqueaba sutilmente el cuello desnudo.

Los pantalones por acción de la gravedad cayeron hasta los tobillos, sentí la suavidad de sus dedos hurgar en el interior del slip y acariciar un miembro erecto que ansiaba ser liberado totalmente. Le elevé una pierna que la apoyó en el water, acaricié su sexo por encima del tanga, mis dedos se ahondaban entre sus labios sintiendo la minúscula tela totalmente mojada. Esta vez mis dedos se sumergieron en su sexo desnudo, mojado, calido, acaricié con la yema de mis dedos el clítoris, sentí su excitación al atenazar mi falo candente. Mis dedos descendieron hasta alcanzar la vagina, completamente lubricada no opuso resistencia a que mi dedo corazón se adentrase con maestría en su interior, con una curvatura estudiada localizó una turgencia que al acariciarlo le provocó un intenso gemido que ahogó con la ayuda de mis labios.

Mi sexo estaba deseoso de adentrarse en esa cueva húmeda de calor y lujuria, ella entre gemidos y jadeos cada vez menos controlables, necesitaba sentirse penetrada por aquel miembro díscolo, retiré mi mano y lo acerqué a la entrada de la gruta carnosa, comenzó a entrar muy lentamente, sentía centímetro a centímetro, milímetro a milímetro como se adentraba en ella la masa carnosa, el lento roce del prepucio por su vagina le causaba un placer arrebatador incrementándose por el morbo del lugar y del momento. Besos continuados, mordiscos en el cuello que intensificaban la excitación y lo alentaba para que mordiera con más fuerza mientras era penetrada pausadamente. Pechos atenazados por unas manos sudorosas, uñas arañando la espalda, placer desbordado, intenso, un grito hueco de consecución del orgasmo mientras aún estaba siendo penetrada.

Segundos después de que alcanzara el orgasmo, también me llegaba a mí, le atenacé el cabello con fuerza, pero logró zafarse y masturbando el pene con pericia consiguió que éste estallase alcanzándole el rostro, la boca.

Volvimos al asiento, me senté, la miré complacido y la observé como volvía a leer el libro impertérrita, absorta de todo y todos a su alrededor. Nuevamente apoyé la cabeza en el quicio del ventanuco, cerré los ojos, la felicidad y el placer me embargaba, ahora si que dormiría mucho más placidamente, repentinamente desperté al escuchar al comandante anunciar que comenzaba el descenso para aterrizar en Barcelona.

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