miércoles, 13 de junio de 2007

Rasurado, (relato erótico)


Quedaban aún varias semanas para reunirse, en una de tantas conversaciones que mantenían le propuso que se dejara crecer el vello púbico, que no se lo rasurase, ni se lo arreglase de forma alguna. Ella quedó atónita al leer aquella proposición, había mucha pasión entre ellos, la lujuria los embargaba, pero aún así ella se resistía presentarse a él así.

Le comentó que deseaba rasurárselo él, darle la forma que se le ocurriera en ese momento, anhelaba hacerlo como juego erótico, significaría una entrega mutua, ella ocultando la timidez y la vergüenza, y él resistiéndose a las tentaciones que le produciría debiendo contenerse.

Todo quedó en vilo pues no le dio una respuesta determinante y nunca más volvieron a comentar esos deseos, a pesar que continuaban manteniendo conversaciones extremadamente eróticas. La pasión aumentaba progresivamente a medida que se acercaba el día del encuentro.

Nervios, timidez inicial, se conocían pero únicamente en la distancia, estando uno frente a frente, toda esa lujuria parecía mimetizada, no así la pasión que sentían. Sutiles besos, leves caricias, hasta que ella se dirigió a la cocina por unas bebidas, al girarse se encontró con él que la había seguido, la prendió por la cintura y se la acercó fundiéndose en un efusivo e interminable beso. Caricias desaforadas, comenzaban a ser los mismos que eran en la distancia.

Deslizó su mano por el pantalón hasta llegar a la entrepierna palpando un abultamiento extraordinario fruto de la excitación, él le subió el vestido y acarició el pubis por encima del tanga, se percató de un abultamiento flexible, los dedos se infiltraron bajo la fina tela y palpó abundante vello por todo el pubis, ella interrumpió un beso encendido en el cuello para decirle al oído que esa era su sorpresa, vencería su timidez para que pudiera satisfacer sus deseos.

Una vez en la alcoba continuaron con su danza frenética de besos y caricias, se desnudaron mutuamente, con el tanga como única indumentaria, se excusó y se fue al baño, él aprovechó la ausencia para crear un ambiente idílico en la habitación con velas, música relajante y varas de sándalo con olor a jazmín encendido, sobre la cama dispuso todo lo necesario a modo de instrumental quirúrgico, tijeras de peluquero, navaja de barbero, jabón, brocha, un recipiente con agua y una toallita pequeña.

Ella se acercó temerosa, él volvió a besarla y la tumbó sobre la cama. No habían finalizado para ella las sorpresas ya que le cubrió los ojos con un pañuelo de seda, el cabezal de la cama era de barras de hierro, tomó otros dos pañuelos de gran tamaño y le ató las manos a los barrotes. Conforme le trababa las manos, ella comenzó a excitarse a pesar del desconcierto que le producía sentirse inmovilizada y sin visión.

Le acarició suavemente la vulva, deslizó tímidamente los dedos entre los labios sin ahondar, aún así se percató de la excitación que estaba experimentando al notárselos humedecidos. Pasó la mano por el enmarañado pubis de recios vellos, tomo las tijeras y comenzó a recortar la longitud vellosa. Ella mantenía las piernas dobladas y abierta, el nerviosismo se percibía al atenazar los barrotes del cabezal con fuerza.

Humedeció la brocha, la restregó por la barra de jabón y cubrió de espuma el pubis y los bordes de los labios mayores, el frío la hizo estremecerse. Pasó la hoja de la navaja por el vientre, sentir la fría hoja sobre su piel la atenazó, la cuchilla se deslizaba pausadamente abriendo surcos entre la espuma manchada por el color del vello. No le rasuró completamente el pubis, justo encima de la capucha del clítoris, le dejó una especie de copete simulando un corazón, quizás una v sin un significado especifico.

Volvió a humedecer con la brocha los labios mayores para facilitar aún más el corte dada la sensibilidad de la zona, estiró la piel y ella en principio le conminaba a que no le rasurara esa delicada zona por temor a un posible corte, pero él obvió aquellas palabras y volvió a separar las piernas que ella unió intentando evitar que prosiguiera con el afeitado. Estiró la piel y con delicadeza le pasó la navaja por los bordes de los labios mayores. La tensión que ella generaba se apreciaba observando la rigidez de las piernas y como apoyaba firmemente los pies sobre la cama.

Tomó la pequeña toalla, la humedeció en el agua y le limpió el pubis y la vulva de restos de vello y espuma. Vertió por el vientre cava frío, acercó los labios al sexo y bebió de allí. Su lengua se introdujo en la hendidura de los labios alcanzando el introito por donde la penetró, con las manos le atenazaba los muslos para ejercer más presión y ahondar más la lengua en la calida vagina. Ascendió por la vulva hasta encontrarse con el frenillo del clítoris, rozó con la punta de la lengua el glande estimulándolo y provocando en ella una excitación excepcional.

Al estar privada de libertad, le atenazó la cabeza con las piernas para que no retirase la boca del objeto de deseo y pasión. Fue el primer orgasmo de la velada,…la noche fue muy larga.

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