
Príncipe soy, guerrero combativo que entabló más de una batalla en pos de su doncella, de la unión con su princesa para así mantenerse juntos deseándose permanentemente.
Utilicé todas las armas que tuve a mi alcance, la palabra, la sabiduría, la ilusión, los sueños y la esperanza.
Aunque una coraza me protegía, una fría y traicionera daga atravesó mis entrañas, una daga con la hoja de insidiosas mentiras, y mango tallado de olvidos. Intenso frío abrasador, quemó mi corazón y desgarró mi alma.
Yací ante ella sin doblegarme, sin reclamar su indulgencia. Sus ojos fríos como el hielo me observaba con indiferencia desde lo alto de su atalaya de silencio. Se alejó con parsimonia, regocijándose en la batalla ganada.
Príncipe soy, curtido en mil batallas, no perecí en aquella contienda, el tiempo sanó las heridas, nuevos bríos recorren mis venas, la intrepidez me dispuso para un nuevo enfrentamiento. Erró al no acabar conmigo, tan sólo ganó una batalla, pero esta guerra ni por asomo está finiquitada.
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