
El bochorno me mantenía sobre la cama, la quietud de la noche, la oscuridad rota por el reflejo de luz de una farola que se adentraba por el ventanuco, el silencio interrumpido por ráfagas de viento que se frenaban contra el vidrio haciéndolo vibrar, allí me encontraba yo, con los ojos abiertos, las pupilas dilatadas gozando de la soledad, embelesado con aquella tranquilidad y libertad de espíritu.
Comprendía que mi situación gozosa se debía a mi soledad deseada y anhelada más bien, soledad que me permitía soñar despierto, fantasear a mi antojo sobre cualquier cosa y con cualquier mujer ansiada por mí y donde no sería vilipendiado, ni observaría indiferencia o soberbia.
Entendí que no toda la soledad es bienvenida, ni pretendida o codiciada, cuando la soledad es impuesta, cuando se obliga a convivir con ella, se convierte en perniciosa, nociva para la salud, dolorosa. Imposibilita soñar ni aún estando dormidos y la única ambición es poder desprenderse de ella.
En el sosiego de mi habitación en penumbras, con el viento haciendo vibrar la ventana, reparé que ansiada u obligada, la soledad es fiel, quizás lo único fiel que estará siempre junto a nosotros, incluso cuando nos encontramos acompañados…
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