
Se debatía entre el deseo y el temor, a pesar que el sexo no tenía secretos para ella, había algo que desconocía por la turbación que le provocaba, miedo al dolor, miedo a las consecuencias desagradables, tantos temores le hacía renunciar al sexo anal. Había leído, escuchado sobre los placeres de esta práctica sexual, pero ella era incapaz de realizarla.
Se decidió acudir a un sex shop y compró unas bolas anales, pensó que al ser de pequeño tamaño sería ideal para iniciarse. Adquirió también un buen lubricante y se dispuso a utilizarlas nada más llegar a casa.
Un calor tórrido caía como dagas puntiagudas de fuego aquella tarde de verano, llenó la bañera con agua templada, seleccionó las mejores canciones que tenía en el mp3, en un lateral de la imponente bañera con hidromasaje puso el racimo de bolas junto al lubricante, una toalla doblada le sirvió para apoyar la cabeza y se evadió por completo.
Entre la música, los chorros de agua a presión que surgía por los laterales y una ligera brisa que entraba por la ventana abierta que hacía elevar las cortinas comenzó a excitarse, se acariciaba lentamente los pechos semi sumergidos que parecían un par de iceberg a la deriva, se pellizcaba los pezones proporcionándose un intenso placer. Una mano la dejó acariciando los pechos mientras que la otra la deslizó para acariciar el pubis, luego unió el dedo corazón y el anular para ahondarlos entre los labios vaginales, acarició el clítoris, lo pellizcó provocándole una especie de descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo, al llegar al introito acarició los bordes antes de profundizar los dedos en la viscosa vagina. Los ojos cerrados, la música apenas la escuchaba por la excitación, las piernas abiertas para facilitar las caricias, un placer era intenso y jubiloso la embargaba, cerraba con fuerza las piernas para aprisionar entre los labios los dedos provocadores.
A pesar del deleite que sentía al masturbarse, tensó los músculos cuando los dedos rozaron el periné para llegar a la abertura del ano, circundó el exterior, introdujo la yema del dedo corazón pero no consiguió dilatarlo lo suficiente para proseguir con la penetración, prefirió aguardar otro día para probar las bolas.
El timbre de la puerta sonó insistentemente mucho antes de la hora acordada, se puso un albornoz, una toalla en la cabeza y acudió a comprobar quién era, miró por la mirilla de la puerta y era él, había adelantado un par de horas su cita. Se abrazaron, se besaron apasionadamente y se sentaron juntos en el sofá a charlar, ella colocó sus piernas sobre las de él.
Lo dejó sentado mientras ella se dirigía al cuarto de baño a terminar de arreglarse. Cuando terminó de secarse el cabello con la toalla observó que estaba junto a ella contemplando su figura desnuda reflejada en el espejo, se acercó por la espalda abrazándola y besándole el cuello humedecido aún. Le mostró las bolas que había cogido del borde de la bañera y le preguntó por ellas pues sabía de su negativa a tener sexo anal.
Se sonrojó y le comentó que el dilema que tenía por conocer algo desconocido pero atractivo y el temor al daño, quizás un miedo infundado, pero que la retraía.
Se desprendió del albornoz, las caricias junto con los besos se multiplicaron, volvía a estar excitada, una excitación compartida por los dos. Él se lubricó los dedos y comenzó a acariciarle el ano delicadamente, simplemente por los pliegues externos, sin ahondar. Palpaba su nerviosismo por las caricias, pero continuaba excitada. Poco a poco le fue introduciendo un dedo, muy lentamente, lo adentraba y lo extraía, sólo la yema del dedo. Sentía como una dilatación progresiva iba permitiendo que profundizara sin causar dolor.
Tomó las bolas, las lubricó y pausadamente las fue introduciendo venciendo la resistencia que ofrecía, sólo quedó un trozo de cordel fuera, la sentó sobre sus piernas y le acarició la vulva, al introducir los dedos en la vagina y presionarle la zona donde se haya el punto G, le provocó un placer desconocido hasta ese momento, sentía espasmos en las piernas por tanto deleite.
De pie, inclinada sobre el lavabo la penetró sin extraerle las bolas del ano, nunca había sentido esa sensación tan placentera al ser penetrada, alcanzando más rápidamente de lo usual el orgasmo. Le pidió que la penetrara analmente, extrajo las pequeñas esferas reportándole un gozo excepcional a medida que iban saliendo. Volvió a impregnarle el esfínter con lubricante y se dispuso a penetrarla. Los músculos los mantenía tensos, el nerviosismo era significativo, la acariciaba pero el miedo superaba la excitación. Comenzó el glande a introducirse en la estrecha hendidura, ella se agarraba con firmeza al lavabo, fue una penetración corta, no quiso prolongarla más ya que el nerviosismo la atenazaba y estaba convencido que no disfrutaba lo que debiera.
Satisfizo el deseo, dejó de sentir curiosidad al realizarlo por primera vez, antiguos miedos quedaron descartados, cada vez le quedaba menos secretos por descubrir en esto del sexo…
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