
Se prometieron amor eterno entre las aguas opacas de un mar sereno, bajo la oscura bóveda de la noche, salpicada de diminutas estrellas resplandecientes como luciérnagas. La luna quiso ser testigo de excepción y se abrió paso entre unas nubes turbadoras.
Su amor era sublime, traspasaba las fronteras de su percepción, un sentimiento sobrenatural, se implantó en sus corazones como un injerto en un árbol frutal, siempre fluiría entre ambos la savia que los creó, haciéndoles permanecer unidos por muchas ramas que le podasen.
Él sustrajo una estrella del firmamento, la más pequeñita pero a su vez la más hermosa y la prendió en la cascada de cabellos claros que se desperdigaban por el cuerpo desnudo de su amada. Golpeó con su dedo las aguas tranquilas y tomó la onda que formó el círculo con una redondez perfecta y la acopló a su dedo anular formando el anillo más hermoso.
Pasaron los años, las promesas se desvanecieron, en ocasiones al llegar la noche, él acariciaba la superficie del mar, la caricia se trasmitía al anillo de agua marina que continuaba portando ella y hacía que se iluminara la estrella prendida de los bucles de sus cabellos y el corazón se le encogía porque la savia continuaba fluyendo por sus venas.
Para todos y todas las que celebráis san Valentín, felicidades en este nuevo 14 de febrero.
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