
La despertó un golpe seco, se encontraba sóla en la casa y no se atrevía ni a encender la luz, agudizó el oído por si volvía a escuchar algo anormal, el nerviosismo y la incertidumbre se apoderaba de ella, comenzaba a perder el control.
Eran unos pasos lo que había escuchado?, alguien había accedido al interior de la vivienda, buscó precipitadamente el teléfono móvil, pero lo puso a cargar en el salón y se le olvidó allí, encendió la luz, respiró profundamente y se mentalizó que debía salir coger el móvil y volver rápidamente a la habitación para encerrarse en ella y llamar a la policía.
Abrió sigilosamente la puerta, miró a todos lados, no observaba nada anormal, pero sentía que no estaba sóla. Desde el umbral de la puerta del dormitorio divisaba el teléfono cargando, debería recorrer un pequeño pasillo hasta llegar al salón, sólo varios metros, corrió hacia él pero al adentrarse en el salón sitió un fortísimo tirón de su larga y dorada cabellera, gritó pero sus gritos se ahogaron cuando una mano enguantada le tapó la boca, se resistió inútilmente, pataleó, golpeó con saña a su agresor pero aún así no se podía liberar de él que la tenía inmovilizada sujetándole férreamente los brazos y la boca.
La arrastró hacia la habitación y la arrojó con violencia sobre la cama, intentó defenderse arrojándole cuantos objetos tenía a su alcance pero no impedía detenerlo, parecía como si esa actitud agresiva de ella lo excitase aún más, una excitación que era visible. Esquivando los objetos que le lanzaba se abalanzó sobre ella, la atenazó entre sus piernas, llevaba un pasamontañas puesto advirtiéndose unos ojos verdes y unos labios carnosos, era toda la identificación de ese asaltante.
Extrajo de la cintura un cuchillo de monte con la hoja dentada en un extremo y se lo puso en el cuello conminándola a que depusiera su actitud beligerante y se sometiera a sus deseos. De uno de los bolsillos del pantalón extrajo unas esposas con las que la esposó al cabecero de la cama, con una especie de pañuelo le cubrió los ojos, una barba incipiente le raspó la mejilla, intuyó que al privarla de la vista se deshizo del pasamontañas, una voz quebrada le espetó en el oído que era suya y que se desahogaría con una putita como ella, la conminó a que no gritara mientras sentía el frío acero de la hoja del cuchillo rozar su cuello. El miedo se convirtió en pánico, la tensión la ahogaba.
Sintió como se le ceñía a los tobillos una cuerda que se le incrustaba en la piel y la forzaba a mantener las piernas abiertas. Agudizaba el oído para interpretar que estaba ocurriendo ya que el tiempo pareció detenerse una vez atada las piernas a ambos lados de la cama. El cuchillo se deslizaba desde el vientre hacia el cuello, la sierra del lomo de la hoja rasgaba tenuemente la piel provocando un enrojecimiento. La despojó del camisón cortándolo en dos y apartando ambas mitades a cada lado del cuerpo, la hoja se deslizó por el sexo haciendo jirones el diminuto tanga.
Una lengua exaltada y candente se abría camino entre unos labios vaginales vulnerables, al toparse con el clítoris lo mordió con saña al tiempo que lo acariciaba con la punta de la lengua. Unos dedos graníticos se aferraban a los pechos, atenazando por igual los pezones, un quejido lastimoso se escapó de su garganta mientras el agresor la penetraba con su lengua punzante.
En una fracción de segundo se acopló sobre ella, un miembro rígido se adentraba en su vagina sin delicadeza ni miramientos, al tiempo que la penetraba le mordía el cuello con ferocidad, se aferraba al pelo teniendo la sensación que terminaría por arrancárselo. Extrajo el pene y se retiró de ella, no escuchaba nada, no sentía nada salvo un olor intenso a sudor. Sorpresivamente la giró, había desatado el cordaje de la cama, los brazos se le cruzaron dolorosamente con el giro, tomándola de las caderas, le elevó las nalgas dejándola apoyada sobre las rodillas, volvió a sentir la lengua tórrida recorrer su sexo separando los labios en una ascensión hasta el ano inerme, lo lubricó bruscamente con la saliva y comenzó a penetrarla con apasionamiento, conforme el falo se adentraba nuevos gritos desgarradores profería ella.
No eran gritos, era la alarma del móvil, se despertó empapada en sudor, el camisón estaba intacto, lo subió comprobando que el tanga no tenía desperfecto alguno, pero advirtió que estaba mojado, se palpó y verificó que el sexo estaba húmedo y viscoso. No había sido más que una pesadilla, una pesadilla o quizás una fantasía?...
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