
Los nervios comenzaron a aflorar a medida que se acercaba al restaurante donde habían acordado encontrarse, la entrega de un gran ramo de rosas blancas limó el nerviosismo inicial, un par de besos algo distantes y se adentraron en el local.
Largas horas de conversaciones desinhibidas donde fluían con total naturalidad, sueños, fantasías y deseos eróticos. La pasión los fue envolviendo paulatinamente por lo que decidieron estar juntos y liberar tanta pasión contenida.
La mesa que ocuparon se encontraba esquinada y algo distanciada de un grupo bullicioso de personas, mientras esperaban las consumiciones, se miraron fijamente mientras se aferraban las manos, miradas apasionadas que denotaban un anhelo contenido, una concupiscencia desbordante.
A los postres él sacó del bolsillo de la cazadora una pequeña cajita envuelta en papel de regalo y atenazándole las manos atrayéndola hacia él, se lo entregó manifestándole que aunque habían pasado varios días, ese era su regalo de cumpleaños.
Sorprendida y emocionada por comprobar que no se le había olvidado que semanas antes había celebrado su cumpleaños, rompió con nerviosismo en envoltorio, abrió la cajita, los ojos de él se clavaron como púas en los de ella, para percibir cualquier reacción, y ante el temor de un rechazo y malestar se precipitó a disculparse si había sido un regalo insolente.
Ella alzó la mirada y con una sonrisa pícara se levantó de la silla, se sentó junto a él, se le acercó al oído y le dijo que estaba ansiosa por probar el regalo, pero que fuese él quién se lo pusiera, mientras le comentaba esa circunstancia, le rozaba sensualmente la pierna con la suya, le acariciaba el cuadriceps hasta llegar a la prominencia de su entrepierna.
Tomó la cajita y extrajo de ella las dos bolas de látex asidas por un cordel, acercó su mano a la pierna de ella, con nerviosismo, mientras las risas, charlas y gritos de los comensales del fondo le provocaban un morbo inexplicable.
Le acarició la pierna, la falda la tenía todo lo alto que le permitía, el mantel ocultaba una situación impúdica y lasciva. Ella abrió las piernas para facilitar las caricias, él posó su mano en un sexo ardiente, lo acarició, unos dedos habilidosos apartaron el minúsculo trozo de tela del tanga y se abrieron paso a través de unos labios ávidos de placer. Un primer dedo introducido en la vagina dio la oportunidad a un segundo dedo que lo acompañase, incandescencia húmeda que denotaba una máxima excitación.
Extrajo los dedos y se los acercó a la boca, los chupó, los lamió mientras ella lo observaba con vehemencia, descendió nuevamente la mano, esta vez portando las bolas, sujetó una de ellas y escudriñó con ella la vulva hasta la gruta secreta y lubricada. Sin demasiadas dificultades la introdujo, profundizó lo suficiente para permitir alojar a la segunda. Un trozo de cordoncillo quedó en el exterior para posibilitar que se tirase y proporcionar placer.
Y tiró de él, al arrastrar las bolas y hacerlas vibrar, la sensación gozosa que sentía ella era irrefrenable, evitando ladeos delatadores, tímidos gemidos dejaba escapar, se aferraba con firmaza al brazo de él, debiendo cerrar las piernas tenazmente para contener la excitación desbordada que estaba sintiendo.
Tras el primer orgasmo liberó del cautiverio de telas comprimidas un miembro, recio, endurecido, lo acarició con parsimonia mientras volvía a experimentar una nueva sensación gratificante y gozosa. Se aferró con firmeza al mástil a medida que se intensificaba su fogosidad produciendo una excitación notable en él.
Las sacudidas aumentaban significativamente la velocidad, con la mano que le quedaba libre atenazó la de ella que sentía como le estaba provocando otro orgasmo, jadeos enmascarados, risas y gritos al fondo del salón y una eclosión viscosa que impregnó las manos de ambos.
Se ajustó el tanga sin extraer las bolas y abandonaron el local iniciando así una larga noche de pasión y frenesí.
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