Nuevamente estamos en el fin de semana donde se libra la batalla entre don Carnal y dña. Cuaresma, tal y como reza en el Libro del Buen Amor. Carnaval, también llamado “la fiesta de la carne”, pues llegamos al fin de semana más esplendoroso en la celebración de estas fiestas.
A pesar que me gusta más disfrazarme que a Bin Laden unas torres, nunca me he disfrazado en carnaval, me pasa igual que con el día de san Valentín, si tengo que demostrarle mi amor y mi cariño a alguna mujer, tengo 364 días para hacerlo. Como estamos en carnaval donde el disfraz es lo que prima, narraré unas anécdotas que me han sucedido con los disfraces y empezaré en orden cronológico.
Estábamos en el instituto mi amigo Ramón, mi amigo Eladio y yo, por aquél tiempo no imaginaba que pasados los años me enfundaría en la piel de uno de los personajes de comic que leía, sí Namor. Los tres tenores, digo los tres amigos solíamos acudir a cualquier fiesta de disfraces de la que teníamos conocimiento, solíamos confeccionarnos los disfraces y hacíamos una parodia los tres con música incluida, hoy en día podríamos tener hasta un programa cutre en alguna televisión.
Ese día había una fiesta en el instituto y se nos ocurrió a ramón y a mí travestirnos de enfermeras sexy, en realidad eran enfermeras más calientes que una perra. Yo al exclusivo estilo de Freddy Mercury, iba con un uniforme de enfermera muy cortito, los vellos de las piernas atravesaban la tupida medias blancas y parecían que estaban moteadas y mi pedazo de cofia en la cabeza, peluca bien “peiná,” cara maquillada y mi pedazo perilla poblada.
El show en aquella ocasión era operar a un enfermo, Eladio se ofreció por cohones, fabricamos una barriga falsa que rellenamos con todo lo que encontramos, cochecitos de hierro, despertador, gafas, etc. Cuando nos tocó participar, colocamos varias mesas en el centro de la pista cubiertas por una sabana blanca y Eladio sobre ella en pijama y con el tripón hinchado. Ramón me pasaría el instrumental y yo me convertí en cirujana jefe, todo al ritmo de la música.
Abrí, lo puse todo asqueroso de sangre falsa y comencé a extraerle todo lo que le causaba mal, arrojándolo por encima de mi cabeza. Con la emoción no me percaté lo que pesaba el dichoso cochecito de hierro y lo lancé también. Por muy poco no me tienen que llevar de esa guisa a urgencias porque al que le impacté con el cochecito, me lo devolvió con saña y me atizó en toda la cabeza, penos mal que el pelucón evitó que me hiriera.
Pasó el tiempo y nos enteramos que habría un concurso de disfraces en la famosa y desaparecida discoteca Pipper’s, nuevamente el trío se ponen a idear de qué se disfrazarían. Como en estos días, hace…, ufffffff unos años, se estrenó con muchísima popularidad Rocky con un joven y recio Silvestre Stallone y el campeón chuleta de Apollo Creed.
Ramón como era el guaperas, no le quitaba nadie el personaje de Rocky Balboa, a Eladio lo travestimos como una encantadora muchachita luciendo el cartelón de los rounds, encantadora muchachita en bañador luciendo unas orondas tetas, claro que más orondo era el paquete de abajo. Efectivamente, el contrincante malo, Apollo Creed, era yo.
Fabriqué una peluca blanca estilo George Washington, mi batín con abalorios varios y unas monedas, simulada que entonces ya estaba la vida “achuchá” y encima éramos estudiantes.
Con la música de la banda sonora entraba Eladio con un caminar sensual mostrando el cartelón, a continuación Ramón como un acojonado Rocky y por último yo arrojando monedas por doquier. Y comienza el combate, unos pasitos de danza pugilística y a cámara súper lenta deberíamos hacer la parodia que me golpeaba y caía.
Entre la banda sonora, la gente a nuestro alrededor formando el cuadrilátero y el nerviosismo, Ramón asumió tan bien el papel de Rocky Balboa que me soltó un crochet de derecha que parecía la coz de una mula y me impactó entre la mejilla y la boca, veredicto, KO técnico.
Sólo dos de las muchas anécdotas que nos pasaron al disfrazarnos, pero sería muy pesado continuar contándolas.
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