
“Domina casada busca hombre con o sin rol de sumiso para regocijarme fornicando con él delante del cornúpeta sumiso de mi marido”, Al leer ese comentario en una página de contactos se excitó con la idea, le envió un email y esperó si tenía respuesta de ella, leyendo su perfil y observando sus fotos tuvo la impresión que era una cazadora codiciosa, una predadora ávida de poseer más allá de la voluntad y entrega de su esposo, sino de todo aquel que cayese en su cepo lascivo e impúdico.
La aparición de una pequeña ventanita le indicaba que había entrado un nuevo email, se apresuró abrirlo y efectivamente era la cazadora que deseaba conocerlo para tener un primer contacto con él y si había satisfacción mutua acordar el día y la hora del encuentro libidinoso.
Llegó puntual a la cita, pero ella no apareció, se sentó en una mesa y se tomó un primer café, sólo, negro como los pensamientos que se le acumulaban en la mente, a los diez minutos pidió un nuevo café, esta vez con leche fría, y la cazadora sin aparecer.
El nivel de cafeína era muy alto así que demandó un botellín de agua mineral, tras esperar 40 minutos y desesperado abonó la factura para marcharse de la cafetería cuando apareció ella. Se le acercó y con una actitud avasalladora, sólo le preguntó si era quién la estaba esperando, Tiuz. Se acercó para presentarse y darle un par te besos, pero ella rehusó que la besara, con acritud, le recriminó que quisiera facilitarle otros datos más que el nick, no le interesaba en absoluto, como a él no debía interesarle más datos de ella que su nick, de su esposo ni eso.
La conversación bastante rígida, transcurría por unos derroteros inquietantes, ella vislumbró que podría contar con un nuevo y dócil vasallo que se rindiera a sus pies y de esa forma obtener una satisfacción doble, por un lado denigraría a su cónyuge y por otro lado aleccionaría a su nuevo y joven “perrito”.
Con puntualidad británica se personó en el domicilio indicado, percibió como lo observaban a través de la mirilla de la puerta, la abrieron y allí estaba ella, con su melena negra como la noche cayéndole sobre los hombros, lucía un espectacular body de látex de color negro bien ajustado al cuerpo, haciendole resaltar los voluminosos pechos parcialmente visibles al tener ligeramente bajada la cremallera frontal del body. El minúsculo tanga de igual material quedaba unido al body mediante unos aros metálicos. Portaba igualmente un liguero donde tensaban unas medias negras. La parte trasera del cuerpo tan sólo estaba cruzada por varias cinchas igualmente de látex para sujetar el escote así como el tanga.
Sin permitirle decir palabra, le tapó la boca con la mano enguantada, un guante largo que le llegaba al codo también de látex de color negro, le agarró por la camisa y tiró de él. La siguió hasta un espacioso dormitorio, donde se percató desde el umbral de la puerta que junto a una cómoda, frente a la cama había un hombre de rodillas, se encontraba desnudo y con una capucha de cuero en la cabeza y una enorme cremallera para poder desprenderse de ella. Estaba de rodillas, con la espalda pegada a la pared y los brazos abiertos en cruz, unas muñequeras de cuero aprisionaban sus muñecas y las mantenía próxima a la pared mediante unas cadenas.
Ella se tumbó en la cama y le espetó al joven para que se desnudara apresuradamente y se acercara a ella, al aproximarse observó como a la altura de su mano derecha había una fusta de cuero trenzado, la cazadora le conminó a que la satisficiera plenamente.
Las manos se deslizaban por las medias atenazando unos muslos tersos hasta conseguir abrirle las piernas, entonces acercó su rostro al sexo de la mujer, sintió su calor emergente, inhalo la fragancia de la pasión y el deseo. Apartó el tanga y se manifestó un sexo rasurado, una vulva lujuriosa que invitaba a perderse en ella.
Adhirió sus labios a los vaginales de la mujer, cuando está sintió la calidez de la lengua ahondarse en busca de un clítoris camuflado, cerró con fiereza las piernas atenazando con brío la cabeza del joven al tiempo que le agarraba de los cabellos empujándole hacia su sexo, mientras le vociferaba para que no dejara de lamer ni de chupar.
La debilidad en las piernas se producía conforme se aproximaba el orgasmo, con la fusta le golpeó en las nalgas y lo increpó para que la penetrase, así lo hizo, la húmeda vagina acogía con extraordinaria comodidad el falo erecto, lo ahondaba extremadamente lento, para que sintiera todo su poderío poseyéndola, el vaivén era constante, sosegado. Ella se aferraba con fuerza a las sabanas, le clavaba las uñas en la espalda mientras jadeaba y balbuceaba ilegiblemente. El orgasmo le sobrevino entre estertores, acompañado de relajación.
A pesar del orgasmo alcanzado por ella, Tiuz no cejó en la penetración, con un ritmo constante, pausado. Instantes después, volvía a balbucear, descargas eléctricas le recorrían las piernas, un placer intenso se le alojó en el vientre, un nuevo orgasmo estaba próximo, en un momento de lucidez le gritó al marido de forma despectiva que debería aprender del joven “perro” como se satisface a una mujer, la voz le temblaba, un nuevo orgasmo estaba ya en puertas.
Súbitamente la sujetó por las muñecas, le acercó su boca al rostro, y le besó la boca, la resistencia de ella fue liviana, el placer que estaba sintiendo la descontrolaba. Incompresiblemente comenzó a besarlo, quiso acercar su lengua a la de él y fue cuando éste se la mordió y la mantuvo unos segundos aprisionada entre sus dientes, dejó escapar un grito solapado por jadeos y fuertes gemidos, las piernas se le volvieron tensas, nuevamente clavó las uñas en la espalda, la respiración cada vez más agitada, incansablemente le gritaba para que siguiera y no párase. Tiuz se le acercó al oído y le manifestó que en esos momentos la había derrocado de su rol de dominación, ahora sería él quién marcase la pauta que debería seguir ella, para comenzar se paró repentinamente, la “cazadora” le golpeaba las cachas para que continuase penetrándola, pero él se posicionó y no cedió un ápice.
Entre sollozos le rogó que no la dejase así, que continuase un poco más, pero no se consternó y no continuó. Próximo a él halló una bata con su cinturón, se apoderó de él, y con habilidad felina, le amarró las manos al cabecero de la cama. Toda resistencia por parte de ella resultó baldía. Profirió todo tipo de insultos y amenazas, pero Tiuz ni se inmutó, volvió a separarle las piernas y nuevamente aproximó su boca al sexo. Lo lamió, chupó, mordió de forma libidinosa, ella le pedía que volviese a penetrarla, pero se le acercó y malhumoradamente la hizo callar, le recordó que tan sólo era una “perra” sin derecho siquiera a expresar sus emociones, por eso al volver a penetrarla y esta dar rienda suelta al placer que sentía, le tapó la boca y le prohibió terminantemente mostrar jubilo alguno, hasta que él le autorizara a gemir.
Incrementaba sus acometidas, cada vez más profundas, cada vez más pausadas, un nuevo torrente de placer la inundaba e hizo caso omiso a la prohibición de demostrar las satisfacciones recibidas. Con saña le tapó la boca y le increpó con furia que gozaría cuando él se lo permitiese, mientras tanto debería contenerse.
Se contoneaba como una serpiente, se mordía el labio inferior hasta sangrar, balbuceaba tímidamente pero sólo se le podía apreciar una sola palabra, “por favor, por favor…”