
Este fin de semana mientras me desplazaba por Algeciras vi un cartel que anunciaba un mirador del estrecho, estacioné allí y mientras observaba como dos continentes estaban separados por una franja de agua salada, recordé una vieja historia basada igualmente en un mirador sobre el Mediterráneo…
… Se conocieron a pesar de la distancia, desde un primer momento se denotaba que había cierto feeling entre ellos pero nada hacía presagiar algo más. El destino actuó de forma decidida entre ellos y de la nada surgió un sentimiento, un afecto que se fue incrementando con el transcurrir de los días. La palabra enamoramiento surgió en una conversación pero de forma unilateral, pocos días más tarde, dicho enamoramiento fue mutuo e incrementado.
Asombrosamente tenían muchas inquietudes análogas, muchos puntos de vistas similares y muchas fantasías por desarrollar y muchos sueños por hacer realidad.
La distancia que los separaba no fue óbice para que estuvieran juntos, se amaron, gozaron uno con el otro y uno del otro. Los sueños no quedaban anclados en la nebulosa de la mente, se iban haciendo realidad, unos antes, otros más tarde y otros quedaban pendientes, prendidos por unas pinzas mágicas.
Él era mucho más soñador que ella, puede que fuese el único que soñaba de los dos, pero ella por el sentimiento que sentía hacia él, hacía suyos también esos sueños.
En una de las ocasiones que estaban juntos, sobre unos acantilados que bordeaban un mar majestuoso de aguas cristalinas, entre luces y claros por el follaje de los pinos y tras un prolongado y apasionado beso, él le susurró al oído que un día construiría allí una cabaña y sobre el acantilado un pequeño mirador donde ambos contemplarían el ocaso del día, donde fantasearían con miles de historias mientras sentirían toda la furia del mar bajo sus pies. Le prometió que un día haría realidad ese sueño, ello lo miró y se rió pensando que era una promesa insulsa, anodina, pronunciada en un momento de pasión, pero él sujetándole la cara con ambas manos, se le acercó y volvió a repetirle que aunque pasasen los años, un día haría realidad ese sueño y cumpliría así la promesa.
El devenir de la vida hizo que el mismo destino que los unió, que consintió que la semilla del amor se enredará en el corazón como un rosal punzándolo con sus púas, termina por desvanecer la pasión arrastrando consigo la relación que mantenían, los sentimientos enraizados, las promesas, los sueños, las fantasías se convirtieron en pavesas incandescente que se llevaba el viento, quedando totalmente diseminadas por doquier.
Los años se sucedieron ineluctablemente quedando en el olvido cualquier atisbo de lo que les había unido.
Las arrugas eran bastante visible en ella, necesitaba teñirse el pelo pues las canas abundaban en su cabellera, una tarde de verano, cuando el sol se ocultaba refrescando el ambiente, recibió una llamada de una joven a la que no conocía, se identificó como la hija del que hacía muchos años fue su gran amor, quiso cumplir la voluntad de su padre recientemente fallecido, por ello indagó hasta localizarla para hacerle entrega de las llaves de una cabaña con un pequeño mirador sobre un acantilado…
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