lunes, 19 de marzo de 2007

Con la venia, (relato erótico)


Se encontraron tras meses de largas conversaciones, ambos sabían perfectamente que deseaban, sentían una atracción sexual el uno por el otro que ni pudieron ni quisieron prolongar. El sexo era una parte fundamental en sus vidas, para ellos no existían tabúes en expresar abiertamente todo lo que les satisfacía en el aspecto sexual, donde tenía cabida todo o casi todo y donde el experimentar nuevas sensaciones, cada vez más morbosas, les excitaba extraordinariamente.

La impaciencia por encontrarse hizo que se presentara con bastante tiempo de antelación a la hora acordada, pulsó el timbre y una impresionante rubia de ojos azules como el mismo cielo, labios lujuriosos que acreditaba en toda su extensión el significado de la palabra pasión.

Bajo una bata de satén negro se vislumbraba unos pechos erguidos que pugnaban por emerger de un sujetador sensual que luchaba por mantenerlos aprisionados dentro de él. Unas medias negras cubrían unas piernas largas perdiéndose por encima de la rodilla. Sin cruzar palabras, una vez atravesado el umbral de la puerta se fundieron en un cálido y apasionado beso. Abrazos interminables, manos que recorrían ambos cuerpos, palpándose, sintiéndose.

Se desplazaron hacia el salón y la apoyó sobre un taburete frente a la encimera que comunicaba con la cocina, él le acarició el sexo por encima del tanga, le mordió el labio inferior mientras sentía como se humedecían sus dedos al continuar con sus caricias, apartó el diminuto trozo de tela y ahondó un primer dedo entre los labios vaginales, desde el clítoris hasta la vagina. Ella le desabrochó los botones de la camisa y le acariciaba el torso. El dedo explorador de él se adentró en la gruta carnosa, lo introdujo hasta alcanzar una protuberancia en la pared frontal de la vagina, lo acarició, lo masajeó con uno, dos dedos.

La excitación de ella iba en aumento, gemía se aferraba a él mientras este aprovechaba para morderle el cuello, aumentándole así el placer a medida que ejercía mayor presión con sus dientes, una confusión entre deleite y dolor le impedía que pudiera discernir que era lo que le causaba esa forma de gozar, pero con una voz temblorosa le pedía que no cesase en las caricias y que le mordiera con más fuerza el cuello.

Hizo que apoyara el vientre sobre el taburete elevado, la bata sedosa caía por un lateral, se arrodilló tras ella, le separó las piernas y apartó el tanga, su lengua se perdía en el interior de unos labios candentes, de una vagina viscosa debido a la excitación. Separó los glúteos para tener un mejor acceso al recatado ano. Había observado anteriormente como sobre la encimera se encontraba un juego de utensilios de cocina, entre ellos había una espátula para la plancha con un mango largo y bastante grueso, se levantó y lo alcanzó, comenzó a rozarle el sexo con el mango, le acariciaba el clítoris y la embocadura de la vagina sin llegar a profundizar más, aunque ella en plena euforia si que presionaba para sentirse penetrada.

Súbitamente le golpeó tímidamente el glúteo con la espátula, un leve grito surgió de la garganta de la mujer, un segundo golpe impactó nuevamente en el glúteo, ella se aferraba a las patas del taburete, los gritos ahogados sólo denotaban gozo, las piernas cada vez más abiertas y los glúteos más enrojecidos.

Una vez en el dormitorio y a indicaciones de ella, abrió un cajón de una mesita de noche encontrando juguetes suficientes como para hacerla enloquecer de placer. Lo primero que cogió fueron unas esposas, hizo que elevara las piernas a la altura de la cabeza, con los brazos estirados bajo las piernas, esposó las muñecas obligándola a mantener esa postura permanentemente, halló también un antifaz opaco que le colocó privándola de la visión. Lubricó unas bolas anales y se las introdujo sacándolas muy lentamente para volver a introducirselas nuevamente, así estuvo varios minutos, introduciendo y extrayendo las bolas, infligiéndole un placer enorme.

Las esposas comenzaban a marcar las muñecas, la cintura se resentía de esa posición prolongada, le extrajo nuevamente las bolas y no volvió a introducirselas. Algo más voluminoso comenzaba ahondar la estrecha oquedad, un frío pero a su vez grueso dildo se adentraba impasiblemente en su ano, gimió, sintió como la atenazaba por los muslos y la arrastraba hasta el borde de la cama, continuaba con el dildo en el ano y percibió como una nueva masa carnosa se le adentraba en la vagina, la comenzó a penetrar pausadamente, la agarró por los tobillos y volvió a empujar las piernas, el dolor era más que latente, pero el placer que le estaba provocando simultaneando la penetración vaginal con el dildo en el ano era sumamente placentero que le hacía olvidar las molestias y el dolor cada vez más agudo.

Ella quedó dormida por la extenuación, la cubrió con la sabana, la besó en los labios y abandonó el domicilio.

Atravesó la puerta de la sala de juicio quedando perplejo, no podía ser cierto, debía ser un sueño, la titular del juzgado era ella, la mujer que lo hizo gozar y que él satisfizo extraordinariamente. Ella se encontraba allí, impávida ojeando unos documentos con su cabello dorado cayendo en cascada sobre una toga negra, las puñetas blancas en las mangas, el escudo bordado significándola como magistrada jueza. Alzó la vista y se estremeció al verlo delante de ella, los ojos incidieron en los de él y tras unos segundos de sorpresa, parecieron iluminarse con la luz mágica de la lujuria. Con voz pausada le preguntó si era el agente de policía con carné profesional número 067058 y si juraba o prometía decir la verdad sobre todo lo que le preguntara tanto el ministerio fiscal como la defensa y que en caso de no decir la verdad incurriría en responsabilidades penales.

Una leve sonrisa indicaba que gozaba con aquella situación de dominación, la forma de dirigirse a ella la interpretaba como de sumisión al poder que ejercía sobre él, por lo que comenzó a excitarse. Él por su parte se encontraba totalmente abstraído del juicio, imaginaba bajo la oscura toga un cuerpo blanquecino cubierto por un sensual sujetador y diminuto tanga a juego, medias negras asidas a un liguero. Imaginaba que se acercaba a ella para levantarle la toga y penetrarla sobre la mesa de la sala ante la mirada del fiscal y la defensa. Estos pensamientos le hizo excitarse, y esa excitación comenzaba a ser palpable aunque intentaba ocultarla con las manos.

La recriminación de la jueza hizo que atendiera a lo que estaba aconteciendo en el juicio, ésta intentaba con sus preguntas llevarlo a una situación tensa y comprometedora, pero se encontró con la serenidad y veteranía de aquél que semanas anteriores la había sometido sexualmente.

Agente puede abandonar la sala si lo desea, pero le requiero a que acuda a mi despacho una vez concluida esta vista….

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