
Volvía hace un par de noches de una provincia próxima a la mía con la satisfacción de haber pasado una jornada completa en todos los sentidos, la luz de los faros alumbraba la oscura autopista cuando un fogonazo de letras resplandecientes de color amarillo reclamaron mi atención, un panel informativo advertía que habían fallecido 110 personas durante la semana santa del año anterior.
Aún me quedaban bastantes kilómetros por recorrer, pensándolo bien me quedaban casi todos los kilómetros de vuelta a casa, entre el letrero informativo y la soledad de la carretera a esa hora de la madrugada, me hicieron meditar, la música del cd quedaba como postergada a un segundo plano, la percibía como muy lejana.
Pensaba que desde el momento del nacimiento estamos condenados a muerte, una condena sin fecha de ejecución, pero siempre se hace efectiva y sin posibilidad de revisión del caso o de una apelación, por no tener no te dan la oportunidad de un último deseo o una copiosa cena.
Siempre he pensado que incluso antes de nacer, somos registrados en un misterioso libro donde se señala la hora, el día, mes y año de nuestro nacimiento, como será el parto y todos los acontecimientos y vicisitudes que tendremos a lo largo de toda nuestra vida, por otro lado, figura la hora, el día, mes y año de nuestro final y de la forma en la que se producirá.
Ilusiones arrancadas de cuajo, seccionadas impunemente sin previo aviso, estamos de lo más a gusto, soñando en algo, o en alguien y en cuestión de segundos todo se trunca. Cada uno de nosotros tenemos conocimiento de forma directa o indirecta de sucesos así, yo he jugado con la muerte por inconciencia, por descuidos, por mala suerte, aunque hasta el momento, mi ángel de la guarda, mi ser protector que estoy convencido que son dos seres amados, me protegen y no permiten que cruce el umbral del más allá, pero también la suelo ver bastante a menudo, actuando con la mayor impunidad.
Continuaba meditando y pensé que si está determinada la hora de la ejecución, porqué cohones nos embarcamos en discusiones banales, sin ton ni son. Incidimos en amores prohibidos, nos maltratamos con amores fracasados, nos empeñamos en ponerles trabas a la felicidad cuando se fija en nosotros, a veces somos tan retorcidos, pero es de esperar, sólo somos seres humanos.
Siempre aconsejo, e intento autoconvencerme que hemos de disfrutar al máximo, disfrutar minuto a minuto, como si ese instante sea el último del que dispongamos, porque no sabemos si efectivamente será el último.
Reconozco que ha salido un post de lo más lúgubre, pero es lo que estuve meditando mientras devoraba los kilómetros, en mitad de la oscuridad más envolvente, tras haber leído la cifra de fallecidos cuando se disponían a salir a disfrutar, o cuando se divertían.
Hacedme caso y disfrutemos a tope y sin malos rollos, para qué cabrearnos y pasarlo malamente?
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