
Una vez en el interior de la habitación se devoraban a besos, el ramo de rosas rojas de tallo largo como el día permanecía sobre la cama con cabezal de barrotes de forja, rayos de sol se adentraban por el ventanuco y ellos enfrentados, uniendo cuerpo y alma.
Comenzó a desnudarla sin separar sus labios de los de ella, le cubrió los ojos con un pañuelo de seda y la sentó en una silla con las piernas abiertas y enfrentada al respaldar, le esposó las manos a la espalda uniendo los dorsos y se despreocupó de ella.
Depositó el ramo sobre una silla pero tomó un par de rosas y las despojó de pétalos que esparció sobre la cama, encendió cuantiosas velas aromáticas que brillaban como luciérnagas cuando el ocaso se acercaba y esparcían su olor por la alcoba. Dispuso sobre la cama distintos tipos de cuerdas, tobilleras de cuero con anillas y algún otro grillete.
La tumbó sobre el lecho de pétalos, esposó cada mano a los barrotes centrales del cabecero obligándola a estirar los brazos. Colocó una tobillera en cada tobillo, ató a la anilla un cabo de cuerda de un grosor mediano y la obligó a que levantara las piernas inclinándolas hacia el tronco. Trabó cada extremo de los cabos a las esquinas del cabezal, forzándola a mantener las piernas completamente abiertas e inmovilizadas.
Careciendo de movilidad y de visión, agudizaba el oído y el olfato para adivinar cualquier movimiento de su pareja, amo y señor en esos instantes, pero sólo percibía el aroma de las velas y el siseo de la brisa al mover las cortinas de la ventana.
Sintió un frío metálico entre los pechos, una afiladísima hoja de una navaja cortaba el sujetador descubriendo unos hermosos pechos, sintió el roce frío por el vientre e inmediatamente después se sintió desposeída del tanga que cubría un sexo totalmente desprotegido. Comenzó a acariciarlo apasionadamente aunque sus dedos se movían con delicadeza, cuando más excitación experimentaba, unas gotas candentes sintió sobre la piel, lunares de cera derretida de varios colores le cubrían el torso, los pechos, los contornos de la vulva. Cada vez que una gota impactaba en la piel, sentía un quemazón que la hacía estremecer, estiraba los brazos y retorcía las muñecas hasta que las esposas se le marcaban en la piel.
Los pezones se le endurecieron al sentir un intenso frío húmedo sobre ellos, calor y frío se entremezclaban descendiendo por el torso hasta que sintió entre los labios vaginales el témpano helado empapando la vagina y el ano al licuarse y provocando en ella espasmos que la hacían excitarse progresivamente.
Movimientos circulares y pausados en el clítoris sustituyeron el frío húmedo del sexo por una humedad calida. El intenso placer que sentía por las caricias le hacía retorcerse entre las cuerdas que le impedía la movilidad. Cuando el gozo era mayor, sintió una especie de sacudida en sus nalgas que le provocó un tímido grito, el tallo sin pétalos de una de las rosas hacía las veces de fusta impactando sin brusquedad en el mostrado culo de piel fina y clara. El suave dolor incrementaba el placer de la masturbación del clítoris.
El continuo estiramiento de las piernas le provocaba dolor en los abductores, pero se soslayó al sentir como se adentraba en ella un sólido trozo de carne fogosa, la penetraba lenta y concienzudamente, las muñecas y tobillos continuaban marcándose por los movimientos causados por el gozo, gemidos y jadeos inmediatamente acallados por él. Severa prohibición cuando estaba tan próxima de alcanzar el clímax. Su rostro en sombras buscaba desesperadamente la boca de su pareja para apaciguar la angustia de no poder expresar el intenso placer que la embargaba.
La libró del cordaje que le sujetaba las piernas, sintió un gran alivio al descansarlas sobre la cama, el cansancio hizo mella en ella y quedó adormilada desnuda sobre el lecho de pétalos rojos de las rosas. Los ojos continuaban vendados y las manos esposadas al cabezal de la cama.
Unos besos en los labios la despertaron, la libró de las esposas y a ciegas la condujo hasta el cuarto de baño, se introdujeron en la bañera llena de agua caliente, la noche venció al día y la estancia estaba iluminada por multitud de velas chispeantes. La sentó entre sus piernas y le devolvió la visión, la abrazaba con ternura, acariciaba incansablemente su cabello, le devoraba el cuello a besos y colgó de él una medalla circular de acero bicolor con una especie de aspa en su interior. Ambos se entregaron en cuerpo y alma, una entrega de sentimientos y placer que sellaron ese día.
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