Me encontraba frente a la pantalla del ordenador. Como cada día, sobre todo en este último año y medio, volví a imbuirme de la esencia de un príncipe de los mares de cómic y accedí al chat.
Tras los saludos de rigor, los ciber besos y abrazos, algunas frases esparcidas por la sala general, ya que es costoso mantener una conversación continuada en este chat donde suelo entrar, mi mente comenzó a embotarse con pensamientos que rememoraban aquellos tiempos cuando despreciaba estas ciber tertulias. Era incapaz de comprender como la gente podía engancharse apasionadamente a eso.
Cierto día cuando accedía a internet, comenzaron a publicitar a bombo y platillo un chat en la página que tenía como de inicio. Dicen que la curiosidad mató al gato y decidí entrar a ver que se decía por allí. La gente hablaba con mayor o menor entusiasmo, muchos saludos, comentarios jocosos unas veces, otras veces estirados o tirantes. Era curioso leer aquellos comentarios y opiniones de seres ambiguos mimetizados tras un simple nick.
Cuando me apetecía y me acordaba del chat volvía a entrar, pero transcurrió un par de semanas hasta que un día plasmé una reflexión a un comentario. Ese fue el pistoletazo de salida, cada vez me involucraba más sintiendo como cambiaba progresivamente, la timidez se tornaba en intrepidez, la inexpresividad en elocuencia. El tiempo chateando se incrementaba a tenor que cada vez con mayor ímpetu se convertía en una válvula de escape, de problemas laborales, familiares, etc.
Tras ese primer chat llegaron otros muchos de muy distintos signos, encontrando absolutamente de todo en las distintas salas a las que accedía. Desde entonces he utilizado una extensa variedad de nicks, evolucionando a la par que evolucionaba yo. El amplio abanico abarcaba desde las divinidades mitológicas helenas, romanas o vikingas, hasta personajes más o menos famosos de cómics, novelas o películas, pasando por otros de distinta índole. De todos ellos, el que acabó engulléndome y sobre el que más atracción he tenido es este del príncipe de Atlantis, príncipe de los mares, aunque debo de reconocer que no es exactamente con el que me siento más identificado, pero si con el que me encuentro más cómodo, llegando a influir hasta en la elección final del dibujo que tatué en mi piel, una sirena, claro que ésta se intuye que no es una sirena cualquiera. De cualquier forma esa decisión me sirve de recordatorio permanente sobre lo pernicioso y nocivos que son los cantos de sirena.
Durante estos años he tenido bastantes conocidos, muchas amistades y también algunos amigos, hemos dejado de ser meros nicks de chat un número significativo de personas al encontrarnos física y realmente. Han sido años de muchísimas satisfacciones, diversiones, risas. He descubierto cosas asombrosas, comenzando por descubrirme a mi mismo. Volví a descubrir el amor, un enamoramiento como jamás antes había sentido quizás por haber surgido en una edad sosegada y sin intención y deseos que se produjera.
Evidentemente en un periodo de tiempo amplio, no todo ha sido idílico, he tenido grandes tristezas, tremendas decepciones que me produjeron ira y dolor. Momentos deprimentes tendentes a ser olvidados como sus causantes. Hirientes equivocaciones que me han curtido y me han hecho mucho más precavido.
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