jueves, 25 de octubre de 2007

Hora de la digestión, (relato erótico)


Tras el almuerzo abandonaron el restaurante y se encaminaron hacia el vehículo que se encontraba estacionado a escasos metros bajo unos inmensos eucaliptos junto a la carretera de montaña.

Se apoyó en la puerta del coche y la atrajo hacia él los voluminosos pechos de la chica parecían incrustarse en su cuerpo. Tímidos rayos del sol se filtraban entre la frondosidad de las ramas y hacían resplandecer el color cobrizo de su cabello. El verdor del follaje se confundía con sus ojos.

Sus labios se adicionaron para que las lenguas juguetearan desenfrenadas mientras unas vigorosas manos se adentraban en el pantalón palpando unas nalgas bien modeladas. Un mísero trozo de tela impedía que los dedos avanzaran hacia el interior de una apretada raja. La oposición textil fue mínima y varios dedos inspeccionaron el calido terreno carnoso.

Los vehículos circulaban junto a ellos sin conseguir perturbar a la pareja que se entregaban fogosamente con sus besos y caricias.

Anticiparon el regreso al domicilio, durante el trayecto, ella excarceló el falo enardecido, lo acarició con delicadeza y flexionándose como si fuese una culebra, lo hizo desaparecer en su boca. Mordisqueaba suavemente el glande, lamió apasionadamente el bálano mientras que una mano jugueteaba con su cabello.

Casi sin cerrar la puerta del domicilio, se desnudaron con avidez. Le atenazó los pechos, los amasaba, besaba, lamía, chupaba y mordisqueaba los pezones cada vez más erectos mientras una mano se deslizaba hasta alcanzar el sexo cubierto por un retazo de tejido humedecido por la excitación.

La tumbó en la cama y comenzó a recorrer cada centímetro de la fina y delicada piel con la lengua. Apartó el tanga para introducir la lengua en la vulva para llegar al clítoris que acarició y mordisqueó, posteriormente la humedad de la lengua se confundió con la de la vagina al ser penetrada.

Una corriente de aire entraba por la ventana consiguiendo secar los cuerpos sudados, el viento movía las cortinas hasta hacerlas rozar las piernas y nalgas desnudas. Tumbado sobre ella se devoraban frenéticamente la boca, le recogió las piernas y separó un poco más el tanga, aproximó el pene hasta que sintió el calor húmedo y empezó a penetrarla con parsimonia. Introducía el miembro endurecido hasta llegar a su tope, luego lo extraía con la misma dilación.

Gemidos lascivos, besos apasionados, cuerpos aferrados el uno al otro, mientras continuaba la penetración sin tregua. Al sentir como ella intensificaba la presión de las piernas, de las manos en sus brazos y los jadeos, intuyó que estaba próxima a alcanzar un primer orgasmo, por lo que elevando el tronco observaba su cara henchida de gozo.

También él se aproximaba a tener un orgasmo, continuaba entrando y saliendo de ella incrementando el ritmo hasta alzarse prematuramente para ofrecerle toda su savia que ella degustó como si se tratase de maná.

El ocaso oscureció la habitación donde dos cuerpos desnudos permanecían entrelazados.

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