domingo, 20 de mayo de 2007

Fábula de un oso que amó con vehemencia a una osa


Se encontraba sólo el viejo oso, se sentía sólo aún rodeado. Se lanzó en busca de nuevos congéneres, anduvo por valles y montañas, encontrando multitud de semejantes, muchas hembras hermosas, cariñosas y receptivas, pero el veterano oso ya no pretendía volver a entregar su corazón a ninguna otra osa.

De un bosque alejado conoció a una hermosa y joven osa, quizás muy joven y bella para gruñirle cerca de la oreja, pero se fijaba en ella y si estaba acompañada por algún macho. Fue la osa quién se le acercó y comenzó hacerle arrumacos ante la sorpresa del gran oso.

Las continuas zalamerías de la tierna osa condicionó a que el oso se despreocupara del resto de hembras, su corazón curtido en mil batallas comenzó a bullir de nuevo al igual que cuando era un bisoño osezno, fue seducido y cayó rendido ante aquella joven osa de pelo claro.

Visitaba con regularidad a su amada, subía a la montaña y gritaba su nombre y le manifestaba que la amaba con la intención de que el viento arrastrara sus palabras hasta ella.

Sus encuentros eran apasionados, la entrega total por parte de ambos, el longevo oso parecía nuevamente un joven alocado. Cuando invernaba en su cueva quedaba dormido pensando en ella, en los zarpazos cariñosos que se daban, los mordiscos desenfrenados en el cuello, el olor que ella desprendía a flores cuando ambos se revolcaban por la campiña, de los apareamientos prolongados y enardecidos que mantenían.

Transcurrieron los meses, los años, un día cuando el oso corría a su encuentro, no la halló, a lo lejos la escuchó como fríamente le decía adiós, bastantes osos más jóvenes que él la deseaban y ella se dejaba desear, el viejo oso ya no significaba nada ante tantos ejemplares más lozanos que él y que la hacían gozar en un juego de seducción mutuo.

El dolor rasgó su corazón, las heridas eran más profundas que las que se contabilizaban en la piel, volvió a encontrarse sólo, sólo aún estando rodeado, pero esta vez la soledad producida fue más cruenta por la forma que se había entregado.

Solía tener noticias de osa amada, al ser tan hermosa era de las más codiciadas, y a ella le satisfacía esa situación, sentirse deseada por todos los osos cercanos o distantes.

Poco a poco las heridas del corazón del viejo oso fueron cicatrizando, volvió a ser deseado también él por nuevas osas jóvenes y hermosas, pero aún gozando con ellas, en momentos puntuales pensaba en su osa amada.

Pasaron los años, se estaba convirtiendo ya en un oso rancio, en una ocasión mientras caminaba por un denso bosque, pasó junto a una osera, a la entrada observó una osa tendida al sol que le resultó familiar a pesar de su aspecto, se acercó, la olisqueó y efectivamente la conocía, se trataba ni más ni menos que de su osa amada. Había dejado de ser la joven y bella osa seductora, las jóvenes acaparaban ahora la atención de todos los osos que antaño la deseaban a ella, su mirada era triste, ya no se consideraba nada.

El viejo oso se tumbó junto a ella, la cubrió con su pesado brazo, lamió la cara, el hocico y le gruñó a la oreja que para él continuaba siendo su osa amada, a diferencia del resto, el la amó por su corazón, no por su cuerpo. El tiempo transcurrido, la indiferencia de ella hacia él, el olvido y el silencio no habían podido eliminar el amor vehemente que sentía por aquella osa que para él continuaba siendo la más hermosa entre todas las osas.

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