
Un aguerrido príncipe, curtido en mil batallas, señor del reino de los sueños y las ilusiones, conoció a una insigne dama más allá de sus fronteras. Una dama radiante, alegre y jovial.
La atracción fue mutua y originó un acercamiento pleno que no cesaba de estrecharse con el transcurrir de los días. Mientras conversaban entrañablemente un determinado día ella trasmitió su sentimiento de amor al soberano, la reacción de él fue de sorpresa y sobresalto. Su corazón lo había blindado para que nadie pudiera herirlo, por ello su reacción fue álgida y apática.
Las hojas del calendario fueron desapareciendo paulatinamente, la relación entre ambos continuaba angostándose, la dama continuaba manifestándole su amor y él eludía satisfacerla sin pronunciar las dos palabras que ella ansiaba escuchar de sus labios.
El dios impasible que es el tiempo contribuyó a que unos dardos impregnados en amor y cariño lograran atravesar la férrea coraza que cubría y protegía el corazón del guerrero y sembraran unas semillas en él. Comenzaron a germinar, despacio, muy lentamente, pero esa simiente crecía incontrolablemente y en silencio. Se enraizó en el corazón del príncipe aunque él continuase obviando lo que comenzaba a sentir por la hermosa mujer.
A veces, cuando esta dormía, el quedaba observándola en penumbras, le acariciaba el cabello y acercando los labios a su rostro, lo besaba y le decía cuanto la quería, él se imaginaba que lo escuchaba por la expresión serena y afable, pero al despertar continuaba cautivo de sus miedos y mudo de sentimientos.
La ilusión que la dama sentía por vivir una vida con aquel príncipe guerrero se fue desvaneciendo paulatinamente, necesitaba más palabras que gestos, y éstas no llegaban.
Un buen día, conoció a otro hidalgo y con sólo unas palabras la ilusión comenzó a resurgir en ella, el amor por el príncipe había sido intenso, pero sin ilusión no tenía sentido continuar. Las dudas la abrumaban, pugnaban el amor contra la ilusión, prevaleció la segunda y se lo comentó a su guerrero.
Esas palabras fueron la cizalla que cortó la coraza, la llave que abrió el cofre donde se resguardaba el corazón. El príncipe desvanecido extrajo todo los sentimientos que había ido acumulando, pero que su ciega y cobarde torpeza le había impedido decir.
El conocer los verdaderos sentimientos del príncipe le causó a la dama un gran desasosiego, su mente pugnaba con su corazón, imponiéndose la ilusión que había surgido en ella.
El príncipe abatido vagó sin rumbo, su mente perturbada y su corazón sangrante lo ahogaba, sólo encontraba oscuridad y tinieblas que lo atenazaban. Cuando más angustiosa era su situación, un insignificante rayo de luz se filtró entre la oscuridad. La centella incidió en su mente consiguiendo que se irguiese, cabalgara sobre su montura y atenazó férreamente la empuñadura de su espada y decidió combatir. Juró luchar hasta la extenuación por conseguir el amor perdido de su dama, de su princesa que entre sus dedos dejó escapar.
La empresa se antojaba ardua, utópica y bravía, pero él sabía que merecería la pena cualquier contingencia, porque lucharía en pos de alcanzar un sueño, una ilusión y sólo eso ameritaría todo sacrificio y su pundonor de avezado guerrero…
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