
Con cierto halo de misterio y excitación mi amigo Juanlu me habló de una playa nudista que había en el municipio limítrofe al nuestro. La fogosidad de los 18 años que tenía, unido a que ver cuerpos lozanos desnudos en una playa del litoral costero donde vivía era algo más que una utopía por aquel entonces, me impulsó a que convenciera a mi padre para que me prestara el coche y acercarme con Juanlu a la playa. No le hizo demasiada gracia que le pidiera el vehículo, más que nada porque hacía sólo unos meses que tenía el carné de conducir y creo que no creería mucho en mi conducción. Debí de poner cara de cordero a punto de ser degollado porque aunque a regañadientes accedió a dejármelo, no sin antes repetirme 100 veces que cuidadito con devolvérselo con algún golpe o que me denunciaran por correr o hacer el gamba.
Llegamos al acantilado donde se encontraba la playa, en realidad era nudista porque había quién acudía a despelotarse allí abajo, pero no era una playa nudista oficialmente catalogada. Era una pequeña calita, oculta por el frontal por altos eucaliptos que llegaban hasta el borde de la playa. El acceso para llegar a ella era bastante complicado, un estrecho camino de tierra polvorienta y resbaladiza que descendía empinadamente en algunos tramos. Se trataba de un lugar extraordinariamente vigilado pues constantemente había patrullas de la Guardia Civil que accedían a los extremos del acantilado que conformaban la calita para otear la inmensidad del mar.
Desde lo alto observábamos a las pocas personas que se encontraban ese día allí abajo, mayoritariamente hombres, claro que entre ellos había alguna mujer y una hermosa jovencita de pechos tersos y vello del sexo bien perfilado. La visión desde las alturas era extraordinaria, pero sin embargo no nos decidíamos a dar el primer paso para bajar.
- ¡Cohones Juanlu!, mira como estoy “emberracao”, como quieres que me quede en pelotas así, con el fusil armado?
- Venga, venga, menos excusa que yo estoy igual que tu, lo que pasa es que estas “amariconao” y por eso no te atreves a bajar.
Mucho animarme, pero él tampoco se decidía, aunque resultó determinante que me dijera que estaba “amariconao”, se desvaneció todo atisbo de vergüenza o rubor. No hay nada mejor que pulsar la célula sensible para tirar hacia delante.
Pusimos la toalla sobre la arena y comenzamos a desnudarnos con parsimonia, pensábamos que todos los ojos de los que allí se encontraban dirigían la mirada a nosotros, bueno algunas miradas si que dirigieron a esos dos jóvenes novatos en el nudismo.
¡Ohhh sorpresa, donde estaba el miembro embravecido que se mostraba tan activo en las alturas?, pero si parecía que se había perdido, bueno al menos no haríamos ningún surco en la arena de la playa, mejor tenerlo así cual péndulo de una campana.
Vencida la prueba de fuego, continuamos acudiendo a esa calita semioculta donde hacer nudismo. Transcurrieron los años y seguí bronceando mi cuerpo desnudo ya en una playa reconocida oficialmente como nudista, con unos accesos dignos y hasta con un pequeño chiringuito.
Anécdotas muchas, entre ellas una que si provocó que por una vez hiciera un surco en la arena, me encontraba tumbado boca abajo, escuchando música con los auriculares puesto y semi dormido, levanté la cabeza y me encontré a escasos metros de mí con una bella mujer tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y recogidas, el sexo parecía querer atraer mi atención y lo consiguió. Tras observar esa fruta prohibida, volví a evadirme escuchando música y con los ojos cerrados, pero entre el calor de la arena, la visión del sexo y sobre todo el poder de la mente consiguieron hacer resurgir el miembro mustio, consiguiendo que ese trozo de carne apático se enarbolase hasta adquirir una pétrea consistencia provocando un ahondamiento en la arena.
El ardor guerrero y la música me indujeron a un profundo sueño, mal asunto estando tomando el sol desnudo en el mes de agosto, puesto que desperté con un inquietante escozor en la venerable zona noble llamada comúnmente culo, por lo que me di un bañito en las frescas aguas del mar para aliviar la quemazón, pero esa tarde comenzaba a trabajar y no se si lo pasé peor cuando debía ir caminando o mientras me mantenía sentado en el vehículo.
En una ocasión más reciente, acudí a otra playa nudista, esta vez en la costa brava, no sólo me deleité buceando en un mar cristalino junto a una sirena con la colita bamboleándose al son de los repetitivos movimientos de inmersión, ascensión y acercamiento a la sirena, con el consiguiente temor a que de aquellos roqueos a los que nos aproximábamos en las inmersiones, apareciese un pulpo hambriento que pensara que aquella cosita colgando fuese carnada y se pegara a ella como una lapa, y es que en ocasiones son tan irreverentes que hasta son capaces de lanzarse al mástil del príncipe de los mares.
Ese día no estaba dispuesto a tostarme bajo sol, algo en lo que coincidí con mi acompañante, por lo que nos enmascaramos en aquel recodo rocoso bajo la capa de una tienda de campaña, junto a nosotros se apostaron algunas otras parejas. Cada vez que abandonábamos el improvisado refugio para darnos un resfrescón, observábamos como unas miradas lascivas se clavaban como arpones en nuestras personas, miradas lujuriosas y en algún caso también envidiosa. En verdad, ese día no se puede decir que me bronceara demasiado, quizás no era el objetivo prioritario.
Bueno y con esto y un bizcocho… hasta cualquier otra anécdota próxima que me ocurra en alguna que otra playa.


